34 FÁBRICA DE TABACO PARTAGÁS
FÁbrICA DE TABACO PARTAGÁS
LA HABANA
—¡Allá arriba! —gritó uno de los matones a su compañero, y disparó su pistola dos veces.
Los dos asesinos de los que se habían deshecho antes con la ayuda del amigo de Cloutard estaban de repente dentro de la fábrica y ya se dirigían al piso de arriba.
Turistas y clientes huyeron en todas direcciones.
—¿Cómo nos han encontrado? —dijo Arthur, sorprendido.
Automáticamente hizo ademán de coger su revólver, pero Cloutard lo detuvo. —Son dos pistolas contra una. Además, aquí hay demasiados inocentes que podrían terminar heridos.
—¿No tendrás por casualidad algún pasadizo secreto de verdad para salir de aquí, verdad? —preguntó Arthur. Ernesto negó con la cabeza.
—De vuelta al ascensor —susurró Cloutard, y los tres corrieron hacia la antigua máquina que los había subido. Cloutard y Arthur se metieron dentro, pero, para su sorpresa, Ernesto se quedó fuera, cerró la reja del ascensor y pulsó el botón para que bajara.
—Confíen en mí. Tengo una idea —dijo, y se volvió hacia la sala de los torcedores.
Se quitó la chaqueta y la camisa y las tiró a un rincón.
Ya solo en camiseta interior, se frotó mugre por la cara y las manos.
Hizo una seña a sus empleados para que mantuvieran la calma y siguieran trabajando.
Luego se sentó en una mesa libre y empezó a liar un puro.
Un momento después, los dos asesinos irrumpieron por la esquina, pistolas en mano.
Los hombres y mujeres, indiferentes ante los armados recién llegados, siguieron trabajando. Todos habían visto cosas peores.
—¿Adónde han ido? —gruñó uno de los hombres mientras recorrían las hileras en busca de Arthur y Cloutard.
Ernesto, con su disfraz improvisado, dijo: —Usaron la escalera de atrás y han salido por la puerta trasera. —Señaló en la dirección del montacargas—. El elevador los llevará directo al patio.
Los hombres se miraron, luego corrieron hacia el ascensor de carga y pulsaron el botón para bajar.
En cuanto las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a descender, Ernesto se levantó de un salto.
Corrió hacia el montacargas, abrió de un tirón la puerta del cuadro eléctrico y desconectó el disyuntor de la máquina, que se detuvo al instante entre los dos pisos con una sacudida enérgica.
Los gritos furiosos de los dos hombres atrapados en su interior ascendieron por el hueco del ascensor hasta el último piso.
Ernesto hizo una seña a su gente para que bajaran a un lugar seguro tan rápido como pudieran.
Cloutard abrió la reja de acero del antiguo ascensor en cuanto se detuvo y luego abrió la puerta secreta que conducía a la sala VIP. Él y Arthur salieron corriendo a la sala de ventas, pero se detuvieron en seco, conmocionados al encontrar a Cirilo esperándolos.
—Si hubiera sabido para quién trabajaban esos dos y por qué están aquí, nunca les habría ayudado —dijo. Sujetaba a la novia de Arthur por el pelo y le apretaba una pistola contra el cuello. La mujer de Ernesto se encogía detrás del mostrador, con miedo a moverse un centímetro.
—¡Aniel! Suéltela, cabrón —gruñó Arthur.
—Creía que éramos amigos —dijo Cloutard.
—Y lo somos. Esto no tiene nada que ver contigo. Eres libre de irte. —Señaló la puerta con la cabeza—. Lo digo en serio. Lárgate de aquí. Todo lo que necesito es el cofre, y estoy seguro de que el señor Prey estará encantado de desprenderse de él a cambio de su novia.
Cloutard miró a Arthur y se encogió de hombros con indiferencia. —Je suis désolé. Lo siento —se disculpó, y se hizo a un lado con cautela, comprobando si su amigo decía en serio lo que acababa de decir.
—¡Vete! ¡Desaparece! —gritó Cirilo. Cloutard no esperó a que se lo dijeran una tercera vez. Cogió su caja de habanos, se levantó el sombrero a modo de despedida y abandonó rápidamente la sala de exposiciones.
—¡Serás cobarde y cabrón! —le espetó Arthur.
—Parece que el honor ha muerto de verdad —rio Cirilo con sorna.
—¿Aniel? ¿Estás bien? —preguntó Arthur.
Aniel asintió, pero lanzó un grito cuando Cirilo le tiró más fuerte del pelo y le apretó la pistola contra la garganta. —Ponga el maldito cofre en el mostrador o le vuelo la cabeza —dijo.
Lentamente, con la mano libre levantada en señal de rendición, Arthur hizo lo que le pedía.
Dejó el cofre sobre una vitrina de cristal y retrocedió unos pasos.
—Ya tiene lo que quiere. Déjela ir —le pidió, mientras pensaba en cómo usar su revólver.
Solo necesitaba el momento oportuno. Miró a Aniel a los ojos, deseando que lo entendiera.
Cirilo arrastró consigo a la pobre mujer, todavía halándole con fuerza por el pelo. Cuando llegó al cofre, extendió el brazo con el arma y apuntó a Arthur.
—Lo siento, pero la gente que desea poseer esta caja también quiere verle a usted muerto.
«Ahora o nunca», pensó Arthur. Estaba a punto de echar mano a su revólver cuando un ruido ensordecedor rompió la tensión del momento.
Escombros, polvo, cajas de puros y cristales volaron en todas direcciones cuando el Chevy rojo brillante de Cirilo se estrelló contra la sala con una fuerza terrible.
El impacto separó las vitrinas y una de ellas golpeó a Cirilo, derribándolo.
El cofre salió volando. Aniel se zafó de su raptor y saltó hacia Arthur, quien la rodeó con un brazo protector y la puso a cubierto tras la gran columna del centro de la sala.
—¿A qué esperas? ¡Sube! —gritó Cloutard. Estaba sentado al volante del descapotable, cubierto de polvo y sonriendo de oreja a oreja.
—Pero necesito el cofre.
—¡Olvida la maldita caja! —le gritó Cloutard.
Arthur vio a Cirilo, que maldecía mientras se esforzaba por ponerse en pie.
—Mi amor, vamos —le instó Aniel, tirándole del brazo.
Finalmente, Arthur cedió y ambos subieron al coche tan rápido como pudieron.
Segundos después Cloutard pisaba el acelerador.
Polvo, escombros y fragmentos de cristal salieron disparados de debajo de las ruedas, obligando a Cirilo a agacharse para cubrirse.
El Chevy avanzó chirriando las gomas por la calle, dejando una enorme estela de polvo a su paso.
—Pensé que de verdad nos habías abandonado —dijo Arthur.
—¿Te has vuelto loco? ¿Acaso no conoces a tu nieto? Me perseguiría hasta el fin del mundo si te pasara algo mientras estabas bajo mi responsabilidad —explicó Cloutard, y sonrió mientras giraba hacia el Malecón en dirección al aeropuerto.