La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 33 SALA DE CONCIERTOS DEL KREMLIN
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33 SALA DE CONCIERTOS DEL KREMLIN

SALA DE CONCIERTOS DEL KREMLIN

NIZHNI NÓVGOROD

La única luz provenía de media docena de señales de salida suspendidas sobre las puertas a cada lado de la sala.

Las señales parpadeaban con debilidad; era evidente que hacía demasiado tiempo que no se revisaban las baterías.

Se oían gritos de pánico y Tom tuvo la sensación de que algo estaba pasando.

Había gente de pie, avanzando hacia el escenario.

Tom sacó del bolsillo de la chaqueta la pequeña linterna SureFire que siempre llevaba encima y la encendió.

—Por fin, una razón para llevar este trasto a todas partes —le dijo a Hellen mientras el haz de luz rasgaba la oscuridad.

Vio de inmediato que el calvo y otros dos hombres de Bryce habían subido corriendo al escenario.

Al presidente ruso se lo había llevado su equipo de seguridad y ya estaba a medio camino de la salida más cercana. La cruz yacía en el escenario.

—¡Van a por la cruz! —gritó Tom. Se abrió paso por la fila de asientos hacia el pasillo central.

El calvo —«Bola de Billar», como Tom lo llamaría a partir de ahora— empujó al patriarca, cogió la cruz y bajó del escenario corriendo.

Tom había llegado al pasillo central, pero muchos de los asistentes al concierto estaban de pie y se dirigían a las salidas.

Tom tenía que luchar bastante contra la marea de gente.

Era prácticamente imposible abrirse paso entre aquella multitud que marchaba en la dirección opuesta.

Por encima del tumulto vio que Bola de Billar se abría paso hacia una de las puertas laterales de la derecha.

Justo entonces volvieron a encenderse las luces y Tom pudo ver que la mayoría de los asientos entre él y la puerta lateral estaban vacíos.

Saltó por encima de la primera hilera de butacas y, mientras se balanceaba a izquierda y derecha sobre las filas, recordó inevitablemente sus clases de gimnasia del instituto.

Llegó a la salida segundos después y echó a correr por un pasillo que había fuera de la sala.

Al final, Bola de Billar estaba doblando una esquina.

Tom se lanzó tras él y abrió de un tirón la puerta por la que el hombre había desaparecido.

Se encontró en otra gran sala, donde estaban en marcha los preparativos para el banquete que seguiría a la ópera.

Los camareros organizaban las mesas y lo disponían todo para la cena de gala.

Levantaron la vista cuando primero el calvo y, momentos después, Tom, cruzaron la sala a toda prisa en dirección a la cocina.

La puerta automática de la cocina se abría cada vez que alguien se acercaba y permanecía abierta durante varios segundos.

Tom vio cómo el hombre chocaba con un miembro del personal de limpieza que estaba fregando el suelo.

Ambos cayeron con estrépito y el aire se llenó de un torrente de maldiciones e insultos en ruso.

Tom aprovechó la oportunidad y, cuando el hombre se levantó del suelo empapado, se arrojó sobre él.

Bola de Billar fue más rápido. Al ponerse en pie, agarró la fregona y la blandió con fuerza hacia la cabeza de Tom, que se agachó para esquivarla y, al incorporarse, cogió el cubo del de limpiar y lo lanzó hacia arriba.

La base del recipiente de hierro se estrelló contra la barbilla de su adversario, pero no se produjo la reacción esperada.

El hombre seguía plantado frente a él, firme como una roca y resoplando con desdén.

El próximo paso del villano fue agarrar una sartén, que le quedaba a mano.

Sujetándola por el extremo del mango largo, la blandió a gran velocidad hacia la cabeza de Tom.

Tom pudo bloquearla con el brazo izquierdo justo a tiempo, pero solo amortiguó un poco el impacto.

La fuerza del golpe le hizo tambalearse hacia la derecha, estrellándolo contra una pila de platos que resbalaron al suelo y se hicieron añicos.

Bola de Billar aprovechó la caída de Tom.

Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta trasera.

Tom se levantó, apoyándose sobre la meseta de la cocina, donde encontró un cuchillo que no tardó en lanzar hábilmente en dirección al fugitivo.

El cuchillo le rajó la parte superior del brazo al villano, abriéndole una herida profunda, antes de clavarse en el marco de la puerta por la que esperaba escapar.

El hombre soltó un grito de dolor y … para desgracia de Tom, se detuvo justo al lado de un taco lleno de cuchillos.

Con una habilidad y velocidad increíbles, Bola de Billar sacó los distintos cuchillos del taco y se los arrojó a Tom, que solo vio una escapatoria y sin pensarlo dos veces, se lanzó de cabeza sobre las llamas de unos enormes fogones.

Los cuchillos pasaron silbando y resonaron contra las ollas que colgaban encima.

Luego se hizo el silencio. Tom esperó unos instantes antes de asomarse por detrás de los fogones.

La cocina estaba vacía. El personal había huido y Bola de Billar había desaparecido.

Tom no tardó en lanzarse también a la carrera, siguiendo la única vía de escape posible y dejando atrás la cocina. Segundos después se encontró en la entrada trasera de la sala de conciertos. Allí volvió a ver a su adversario corriendo hacia la puerta principal del Kremlin.

«No te me vas a escapar, colega», pensó Tom, y salió en su persecución.

Esquivó a la multitud que abarrotaba el recinto del Kremlin, congregada para ver los fuegos artificiales que eran el gran final de las celebraciones del octingentésimo aniversario.

La gente de Nizhni Nóvgorod no se iba a perder un espectáculo semejante.

Bola de Billar no era tan ágil como Tom y no paraba de chocar con los transeúntes, así que Tom le estaba ganando terreno rápidamente.

Pero el calvo ya lo había visto, por lo que cambió de dirección y corrió hacia la Torre Demetrievskaya.

Tom continuó su persecución y, una vez llegado a la torre, subió a toda prisa los peldaños que conducían al ancho adarve que coronaba la muralla que rodeaba todo el Kremlin.

Al llegar a lo alto de las escaleras, vio al hombre delante de él, corriendo por la muralla.

Allí arriba no había gente, pero Tom aún tenía que sortear obstáculos.

El adarve era una zona de obras… o un vertedero.

Sacos, herramientas de construcción, andamios y trastos ya estaban ralentizando a Bola de Billar.

Era la oportunidad de Tom. Tenía que atrapar al hombre y recuperar la cruz, o se quedarían, literalmente, con las manos vacías.

Bola de Billar tropezó con una escalera caída y Tom por fin le dio alcance.

Saltó encima de él, estrellando el puño en su cráneo.

El calvo cayó hacia atrás, aterrizando sobre unos sacos llenos de escombros.

Tom saboreaba ya la victoria cuando, de repente, oyó un estruendo.

No sabía de dónde venía. El sonido se hizo más fuerte.

Bola de Billar miró a Tom con los ojos muy abiertos; tampoco él sabía qué estaba pasando.

Tom se dio cuenta de lo que era justo antes de que sucediera, pero no tuvo tiempo de ponerse a salvo.

De repente, el suelo empezó a temblar y la muralla comenzó a agrietarse bajo sus pies.

«¡Un terremoto! Sir Hillary tenía razón», pensó Tom, buscando desesperadamente un asidero.

Pero era demasiado tarde. Una grieta se abrió bajo su pie derecho.

Tom perdió el equilibrio y cayó. Se golpeó con fuerza el hombro derecho contra el suelo de piedra e hizo una mueca de dolor.

La grieta se ensanchó, amenazando con tragárselo.

Buscó a tientas algo, cualquier cosa a la que pudiera agarrarse, y consiguió aferrarse a una parte del andamio de los obreros.

Eso le dio estabilidad, pero solo por un segundo.

Tom terminó cayendo, y el andamio de acero se vino abajo tras él.