32 FÁBRICA DE TABACO PARTAGÁS
FÁbrICA DE TABACO PARTAGÁS
LA HABANA
El Cocotaxi se detuvo frente al edificio de color castaño y crema. Cloutard y Arthur se bajaron. La Fábrica de Tabaco Partagás estaba situada en el extremo opuesto del Capitolio cubano.
—¿Se puede saber qué hacemos aquí? ¿Comprar provisiones?
—bromeó Cloutard mientras entraban en la fábrica de tabacos de ciento setenta y cinco años de antigüedad.
Justo a la derecha estaba la sala de exposición.
Más al fondo había un atrio con unas escaleras que subían a las naves de producción, donde hombres y mujeres se sentaban a liar puros a mano, día tras día.
Actualmente, las malas lenguas dirían que la tradicional fábrica no era más que un taller de explotación clandestino.
Delante de la sala de ventas había unos bancos de madera donde varios ancianos charlaban a voces mientras fumaban sus habanos.
Arthur saludó con un gesto a uno de ellos, quien señaló hacia la sala de exposición, y Cloutard lo siguió al interior.
Pasaron de largo frente a las vitrinas y estanterías repletas de los mejores y más esquicitos puros del mundo.
En una barra, un puñado de turistas sorbía mojitos y pedía consejos.
En un rincón del fondo, junto a la caja registradora, había una puerta con un cartel que ponía «VIP».
Ese era el destino de Arthur. Al acercarse a la cajera, sonrió para saludarla, pero la anciana se levantó de un salto, lo apartó de un empujón y corrió directamente hacia Cloutard con los brazos en alto.
—¡Señor Cloutard! ¡Cuánto tiempo sin verlo por aquí! ¿Cómo está? —Arthur se quedó atónito al ver la manera en que la anciana le daba a Cloutard dos besos en las mejillas a modo de saludo.
—Estoy bien, gracias. Tu nombre es María, ¿verdad?
—Sí, señor —contestó ella, radiante, y volvió a abrazarlo—. ¿Qué puedo hacer por usted? ¿Lo de siempre?
Sorprendido, Cloutard sonrió con timidez y señaló a Arthur. —En realidad, estamos aquí por él.
La mujer se volvió hacia Arthur. —¿Arthur, chico malo, nunca me dijiste que conocías a François Cloutard? —dijo, dándole una palmada en el trasero como si de un niño travieso se tratara. Arthur se encogió de hombros y sonrió a modo de disculpa.
—Es amigo de mi nieto. ¿Está tu marido? —le preguntó a la mujer de gran corazón.
—Está en la trastienda con unos amigos. Entra sin llamar.
Arthur rodeó a Cloutard con el brazo y lo condujo hasta la sala VIP. Cloutard se volvió en dirección a María y dijo: —Ya que estoy aquí, me llevaré una caja pequeña. —La mujer sonrió y asintió.
—¡Arthur! —exclamó Ernesto, el marido de María, seguido de un sorprendido—: ¿Y el señor Cloutard?
—La puerta de la sala VIP se cerró tras ellos.
Una neblina gris flotaba en el aire y un aroma incomparable les llenó las fosas nasales.
Ernesto se puso en pie y estrechó con vigor las manos de ambos.
—Un momento, por favor —les pidió. Se volvió hacia sus cuatro amigos, cada uno sentado en un cómodo sillón, disfrutando de un puro y un vaso de ron, y les dijo: —Lo siento compadres, es hora de marcharse.
¡Vamos! —añadió indicándoles que salieran.
—Estos son clientes importantes. —Los amigos de Ernesto refunfuñaron, pero se levantaron y se dirigieron a la puerta.
Los ojos de Cloutard recorrieron las innumerables fotografías que adornaban las paredes.
Políticos, diplomáticos, sinvergüenzas y celebridades estaban inmortalizados en las imágenes.
Entre ellos, Jack Nicholson, Whoopi Goldberg y Gérard Depardieu, por nombrar solo algunos.
Hasta Hemingway había sido cliente del bar de puros en su día.
—Buenos tiempos —comentó Cloutard con nostalgia, y señaló una foto en particular. Arthur siguió su dedo y abrió los ojos como platos: Cloutard estaba sentado rodeado de soldados, con nada menos que el mismísimo Fidel Castro a su lado. Cada uno tenía un puro en la boca y un vaso de ron en la mano.
Cuando Ernesto, un hombre regordete de espeso bigote negro, consiguió echar a sus amigos de la sala, regresó junto a sus invitados recién llegados. —Necesito el cofre —dijo Arthur sin rodeos.
La sonrisa de Ernesto se desvaneció y asintió.
Fue a un rincón de la sala y presionó un listón de madera; una sección del revestimiento se deslizó hacia un lado, revelando una puerta secreta.
Ernesto la abrió y se agachó para pasar a la habitación que había detrás y que contenía un ascensor antiquísimo.
Arthur y Cloutard lo siguieron. Apretujados los tres en la diminuta estancia, Ernesto volvió a cerrar el panel de madera y abrió la puerta metálica plegable del ascensor.
La emoción de Cloutard crecía por momentos.
—Esto en realidad es únicamente una curiosidad que enseñamos a nuestros visitantes VIP —explicó Ernesto al ver el entusiasmo de Cloutard—.
Solo lo usamos cuando realizamos visitas especiales a la fábrica para invitados importantes.
Ya sabe, se quedan con la misma cara que acaba de poner usted en este instante.
—Sonrió y cerró la reja de acero. La cabina dio una sacudida y empezó a subir.
—¿Y por qué a mí no me enseñaste nunca el ascensor? —preguntó Cloutard, sorprendido.
—Lo descubrimos hace poco, mientras trabajábamos en las reformas. Alguien lo tapió hace años —explicó Ernesto.
Salieron del ascensor en la planta de producción.
Los torcedores —los hombres y mujeres que liaban los tabacos— estaban sentados ante mesas antiguas de madera.
Allí, ocultos tras prensas y montones de hojas de tabaco, llevaban a cabo su monótona labor.
Al fondo de la sala, una anciana leía un libro en voz alta, para mantener a los torcedores entretenidos, mientras trabajaban.
Además, de los altavoces repartidos por la sala, manaba una suave música de salsa.
Los tres hombres cruzaron la gran sala. Junto al montacargas se encontraba el despacho del jefe de turno, y en una esquina de la habitación había una caja fuerte, casi prehistórica, de casi dos metros de altura.
Ernesto abrió el monstruo de acero y sacó una caja que, a primera vista, podría haberse confundido con un ornamentado humidor. Se la entregó a Arthur.
—¿Dónde si no guardarías una caja como esta?
—dijo Arthur con una sonrisa. —Gracias, amigo mío —añadió, y los tres hombres salieron del despacho.
Se dirigieron a lo alto de la escalera, pero de repente oyeron un alboroto y gritos en la parte inferior del atrio.
Se acercaron a la barandilla y miraron hacia abajo, incrédulos.
—Merde —masculló Cloutard.