La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 31 SALA DE CONCIERTOS DEL KREMLIN
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NIZHNI NÓVGOROD

Algunos de los guardaespaldas del presidente se habían abalanzado rápidamente sobre el desventurado hombre y, a pesar de sus enérgicas protestas y gritos conspirativos, lo sacaron a rastras de la sala. Hellen miró a Tom, conmocionada.

—Si eso es cierto, tenemos que darnos prisa. Si un terremoto frustra nuestros planes justo antes de que encontremos Kítezh, me voy a enfurecer bastante.

Tom sonrió. Le gustaba cuando la pasión de Hellen se encendía.

Esa misma chispa en sus ojos era lo que le había atraído de ella, el día que se conocieron, durante el caso de los Habsburgo en Viena.

Desde entonces ella había vivido muchas experiencias, pero eso no había hecho más que avivar el fuego de su interior.

Tom apenas podía ocultar la poderosa atracción que sentía por esa faceta de ella.

—Claro. Sí resulta ser verdad. Deberíamos charlar con ese Grillery, o como se llame, y ver si su historia es cierta, o si es solo Mazapán.

Hellen miró a Tom con consternación. —¿Mazapán?

—Una broma privada. —añadió en su defensa.

—Que, como siempre, solo a ti te hace gracia —fue la rápida respuesta de Hellen que terminó sonriendo. —«Grillery o como se llame» es sir Hillary Graves. Es un sismólogo famoso.

—No he oído hablar de él en mi vida.

Después de que se les pidió a todos los invitados a la pequeña recepción que abandonaran el escenario, se abrieron las puertas principales del salón de baile y el público entró en tropel.

Los músicos de la orquesta ocuparon sus puestos.

Pasados unos instantes, se oyó sonar la campana tradicional de los conciertos de música clásica.

La señal de que la función estaba a punto de comenzar.

El gobernador, el patriarca y el presidente con su equipo de seguridad ya habían desaparecido tras las cortinas.

—De acuerdo. Intentemos hablar con sir Hillary después del concierto. También quiero cruzar unas palabras con ese galés. No me da buena espina —dijo Tom, buscando las entradas en el bolsillo del esmoquin. Aún tenían que encontrar sus asientos—. ¿Qué tortura nos vamos a tragar?

Hellen agitó el libreto del programa. —Una auténtica rareza, pero que encaja increíblemente bien. La leyenda de la ciudad invisible de Kítezh. Es una ópera de Nikolái Rimski-Kórsakov.

—¿En serio? ¿Hay una ópera sobre eso?

Hellen asintió, incapaz de ocultar una sonrisa. Sabía lo mucho que Tom odiaba este tipo de cosas.

—No quiero ni preguntar, pero… ¿Cuánto va a durar esto? ¿Más o menos? —dijo, haciendo un gesto de vaivén con la mano.

Hellen no pudo hacer más que reír con amplitud, deseando ver la cara que pondría Tom cuando ella le diera la respuesta.

—Unas tres horas y media.

—Unas… ¿Tres horas y media? ¿En ruso?

—¡Tú puedes! —dijo Hellen, dándole una palmada de ánimo en el hombro.

—Recuérdame que me cobre un favor del patriarca. Tres horas y media de aullidos rusos. Eso tiene que ser una violación de los derechos humanos.

Finalmente, encontraron sus asientos y se hizo el silencio. Entonces el gobernador, el patriarca y el presidente ruso volvieron al escenario. La sala de conciertos estalló en silbidos y aplausos.

—Creo que le van a mostrar la cruz al público —susurró Hellen mientras el patriarca comenzaba a hablar.

—O a lo mejor están anunciando los números de la lotería de la semana pasada. ¿Quién sabe? Al fin y al cabo, no entendemos nada.

Tom se percató de que el padre Fiódor, que rara vez se separaba del patriarca, no estaba con él en el escenario.

Se giró y escrutó la sala justo a tiempo para ver al secretario del patriarca saliendo por una de las puertas laterales.

Hellen también se dio cuenta de su retirada.

Frunciendo el ceño, intercambiaron una rápida mirada.

—¿Por qué se está marchando el secretario ahora? —preguntó Hellen.

—¿Y por qué el calvo ese que está sentado con El Galés y Qadir no para de mirar el reloj? —Tom señaló hacia donde El Galés estaba sentado, dos filas por delante de ellos.

—¡Тихо! —siseó una anciana desde la fila de detrás de Tom y Hellen.

—No tengo ni idea de lo que significa —susurró Tom—, pero creo que es un recordatorio amistoso para que cerremos el pico cuando el dictador habla.

El presidente ruso ya se había enfrascado en un discurso. El patriarca le entregó el estuche que contenía la cruz.

—Todo el mundo parece algo nervioso —susurró Tom mientras miraba a su alrededor.

—Sí. Están pendientes de cada palabra que dice.

El presidente había sacado la cruz de su estuche y ahora la sostenía en alto con orgullo, mostrándosela al público. El aplauso fue ensordecedor.

—Kítezh es algo muy importante para esta gente —afirmó Hellen—. Casi tan importante como…

—¿Como el trabajo que nos encomendó tu madre? —intervino Tom, terminando la frase por ella —. ¿Ese que hemos puesto en espera por esto? —Sabía exactamente lo que ella estaba pensando.

—Sí. Lo que nos mostró mi madre es incomparable. ¡Qué sensación para el mundo entero sería si nosotros…!

Justo en ese momento, en medio del apasionado discurso del presidente, las luces se apagaron y la sala de conciertos se sumió en la oscuridad.