30 APARTAMENTO DE ARTHUR PREY
APARTAMENTO DE ARTHUR PREY
LA HABANA, CUBA
—¿Arthur? ¿Puedo llamarte Arthur? —dijo Cloutard, tratando de llamar la atención del abuelo de Tom—. ¡Tenemos que salir de aquí!
—Ya lo has dicho. ¿Qué te crees que estamos haciendo, la limpieza de primavera? —espetó Arthur—. Estamos recogiendo.
Cloutard agarró a Arthur del brazo y le obligó a mirarlo. —Quiero decir que tenemos que irnos de aquí en este instante. ¡Los hombres que te buscan están subiendo por la escalera ahora mismo!
Aquello captó la atención de Arthur. Se detuvo un segundo y luego corrió hacia la puerta de la entrada, la cerró con llave y atrancó un sillón bajo el pomo.
Instantes después, los dos hombres que estaban fuera llegaron a la puerta. Cargaron contra ella con todo su peso, pero aguantó.
—Ya están aquí —susurró Cloutard al teléfono.
Arthur cogió el revólver de la mesa de la cocina y se lo guardó en la parte trasera del pantalón. Abrió un cajón de un tirón y cogió varias balas sueltas que colocó también en el bolsillo.
—¡Mi vida, vámonos! —le gritó Arthur a Aniel, que había corrido al dormitorio a vestirse.
La cogió de la mano y la miró fijamente a los ojos—.
Todo irá bien —le dijo, acariciándole el pelo—.
Volveremos a recoger nuestras cosas más tarde.
Ahora tenemos que irnos. —Aniel, alterada por el alboroto, se limitó a asentir.
Arthur tiró de ella dirigiéndose hacia el balcón.
Abrió de un tirón la puerta de persianas alicantinas blancas y salió él primero al exterior.
Los dos hombres seguían en el pasillo, lanzándose contra la puerta del apartamento, y el sillón empezaba a deslizarse.
—¡Vamos! ¿A qué esperas? —le gritó Arthur a Cloutard.
El francés confundido los siguió hasta el largo y estrecho balcón, que daba a un callejón donde se encontraban dos restaurantes con jardines.
Cloutard oyó música y las risas de los clientes que venían de abajo.
El callejón era muy estrecho y el edificio de al lado estaba rodeado de andamios por obras de reforma.
Recorrieron el balcón a toda prisa hasta el final.
—Estamos en el lado del edificio que da al puerto. Recógenos en la esquina —gritó Cloutard al teléfono y colgó.
—Tenemos que cruzar —dijo Arthur. Ayudó a Aniel a pasar sobre la barandilla. Luego ella saltó y aterrizó limpiamente en el andamio.
—Ahora tú, vamos.
—Mon Dieu —masculló Cloutard, mirando hacia abajo. Solo estaban a dos pisos de altura, pero incluso a esa distancia no le gustaba nada la idea de saltar de un edificio a otro, aunque apenas hubiera un metro. Mientras tanto, la gente de los restaurantes se había fijado en ellos.
—¡Venga! ¡Deprisa!
Cloutard saltó y un instante después se encontró detrás de las lonas verdes que cubrían el andamio. Siguió a Aniel, que ya estaba bajando por una escalera.
De repente, los dos matones irrumpieron en el balcón.
La cortina blanca ondeó tras ellos a través de la puerta abierta.
Llevaban pistolas con silenciador desenfundadas y miraron a su alrededor como locos.
Uno de ellos vio a Arthur y disparó dos veces, pero las balas solo le pasaron rasantes peligrosamente cerca mientras saltaba al andamio.
Los hombres se metieron las pistolas en los vaqueros y reanudaron la persecución, saltando también al andamio detrás de Arthur.
Pero iban demasiado rezagados. Para cuando llegaron al suelo y se abrieron paso a través de las lonas, lo único que vieron fue el Chevy rojo alejándose a toda velocidad con los neumáticos chirriando.
Corrieron alrededor del edificio, se subieron a su coche y salieron también velozmente en su persecución.
—¿Y ahora qué? ¿Qué nos queda por coger? —dijo Cloutard.
—Conocí a Artjom Lazarev en Vietnam. Es un sacerdote ortodoxo ruso y me salvó la vida a mí y a una niña que yo intentaba socorrer cuando fui herido. Años después, me pidió un favor. Me dio un objeto y me rogó que lo escondiera en la otra punta del mundo. Estuve encantado de ayudarlo.
—¿Qué era ese «objeto»? —preguntó Cloutard.
—Me temo que no lo sé muy bien —respondió Arthur, saliendo de entre los arbustos que bordeaban los jardines del Castillo de la Real Fuerza.
Cirilo había detenido el Chevy minutos antes, a unos cien metros de distancia del punto de recogida, para que Cloutard y Arthur bajaran.
Luego siguió conduciendo con Aniel, para distraer a sus perseguidores.
—¿Confías en ese hombre? —le preguntó Arthur a Cloutard.
—Con mi vida. Cuidará de tu amiga, te lo aseguro.
—Entonces vamos. No hay tiempo que perder. —Arthur salió a la calle e hizo una seña a uno de los omnipresentes Cocotaxis de La Habana.
—¿A qué te referías con que no lo sabías? ¿Qué es? —preguntó Cloutard que se había detenido sorprendido.
—Es de madera, eso sí lo sé, y está tallado con mucha belleza. Es como una caja, pero no tiene tapa, ni apertura, ni cerradura —explicó Arthur mientras montaba en el taxi amarillo con forma de huevo—. Vamos, sube.
—¿Ahí dentro? ¿En serio? —Cloutard negó con la cabeza mientras miraba el diminuto vehículo de tres ruedas, pero finalmente se subió de todos modos.
—El medio de transporte perfecto para la clandestinidad en La Habana —dijo Arthur. Se giró hacia el conductor y le entregó un billete de veinte dólares—. A la Fábrica de Tabaco Partagás.