La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 29 SALA DE CONCIERTOS DEL KREMLIN
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NIZHNI NÓVGOROD

Siguieron al secretario del patriarca hasta el salón de conciertos, donde se había organizado a toda prisa un cóctel para acompañar la presentación de la cruz a las eminencias invitadas.

Unas treinta personas se encontraban reunidas en el escenario.

El patriarca estaba entre ellos; Tom podía verlo hablar con un grupo de hombres de aspecto importante.

El padre Fiódor condujo a Tom y a Hellen por unas escaleras hasta el escenario y, cuando el patriarca los vio, se le iluminó el rostro.

—¡Me alegro mucho de que hayan podido venir! ¿Me permite presentarles al gobernador de Nizhni Nóvgorod, Maksim Borislav Nikoláyev? —Empezando por el gobernador, Tom y Hellen fueron estrechando una mano tras otra mientras iban siendo presentados.

—Y este es Berlin Bryce y su ayudante, el señor Qadir —agregó el padre Fiódor—. El señor Bryce es un buen amigo del gobernador y un experto en arte del Reino Unido.

—De Gales, para ser exactos —aclaró Bryce. Su corrección no sonó antipática ni pedante. De hecho, había orgullo en su voz.

Tom pensó al instante en la primera vez que conoció a François Cloutard, no hacía mucho. Había sido una situación parecida: una famosa reliquia y un montón de gente rica. La diferencia era que Bryce no le daba ninguna buena espina.

—Y usted es Hellen de Mey, la famosa arqueóloga —prosiguió Bryce, besándole la mano galantemente—.

Es excelente ver a la UNESCO hacer acto de presencia en esta parte del mundo.

A veces parece que la UNESCO va siguiendo el ejemplo de los americanos y solo acude donde hay petróleo u otras materias primas importantes.

Hellen le devolvió una sonrisa irónica. —Blue Shield está activo dondequiera que el arte y la historia corran peligro. No solo en zonas de guerra, sino también donde sea necesario protegerlos de los saqueadores de tumbas y los contrabandistas.

Sus palabras llevaban una doble carga de cinismo, y el padre Fiódor se dio cuenta de que la conversación se estaba enfriando a pasos agigantados. Aprovechó la oportunidad y dijo en voz alta: —Bueno, parece que ya han llegado todos nuestros invitados. Creo que podemos empezar.

No fue sutil, pero funcionó. Tom y Hellen se apartaron a un lado, mientras los que los rodeaban hablaban entre sí con curiosidad, preguntándose a qué venía aquella recepción espontánea. En ese momento, unas cincuenta personas se encontraban reunidas en el escenario de la sala de conciertos.

—¿Conoces a esos tipos? —preguntó Tom, señalando con la cabeza a Bryce y a su ayudante.

—Sí, por desgracia. La gente lo llama «El Galés». Puede que sea un experto en arte, pero también es un usurpador de tomo y lomo. Frío como el hielo y completamente despiadado.

—¿¿Semejante a Cloutard, pero en el lado oscuro de la Fuerza?

—La verdad es que eso lo resume bastante bien.

—O sea, un estúpido. Últimamente, nos topamos con muchos de esos especímenes —dijo Tom, y ambos se rieron.

La sensación de inquietud en los presentes era cada vez más notable cuando, de repente, un murmullo recorrió la multitud y todas las miradas se volvieron hacia una puerta lateral que acababa de abrirse.

Unos veinticinco guardias de seguridad con rostros adustos y trajes negros entraron en tropel y se desplegaron.

Todo el mundo sabía lo que eso anunciaba.

Unos segundos más tarde, el propio presidente de Rusia entró en la sala de conciertos.

—Es aún más feo en persona que en la televisión —susurró Hellen.

—Señorita De Mey. ¿Desde cuándo es usted tan maleducada? Normalmente, soy yo el que no sabe guardarse sus opiniones.

Ella le dio un codazo en las costillas. —Eres una mala influencia.

—Pero tienes razón —dijo Tom—. No es ninguna belleza.

Dos guardias de seguridad subieron al escenario y apartaron a los invitados para hacer sitio al presidente, que ascendió los escalones detrás de ellos.

—Increíble, aparece el presidente y a todos se les encoge el culo —susurró Tom, ganándose una mirada indignada de una pareja que estaba cerca. El dúo reunía todas las características de los nuevos ricos rusos—. ¿Tú crees que han estado alguna vez en Ibiza? —añadió devolviéndoles la mirada.

—¡Chist, cállate ya! —siseó Hellen.

El ambiente se volvió más solemne, e incluso los estereotipos de nuevos ricos rusos se pusieron firmes.

El patriarca, el gobernador y el propio presidente pronunciaron sendos discursos breves, aunque Tom y Hellen no entendieron ni una palabra.

Luego, el patriarca sacó la cruz de su estuche forrado de terciopelo y la alzó en el aire para que todos la vieran.

Los rostros de los invitados brillaban de entusiasmo.

El patriarca le presentó la cruz al presidente, señalando a Tom y a Hellen mientras lo hacía.

Las palabras que acompañaron ese gesto, aun incomprensible para ellos, fueron seguidas de un vigoroso aplauso.

—Parece que somos los héroes de la noche —dijo Tom, sonriendo, e hizo una alegre reverencia.

Hellen, sin embargo, sintió que se sonrojaba.

Cambió el peso de un pie a otro, nerviosa, y miró al suelo, avergonzada.

Para su horror, el patriarca los llamó con un gesto, y ella y Tom se adelantaron titubeantes.

El presidente le devolvió la cruz al patriarca y fue a su encuentro.

—En nombre del pueblo de Rusia, me gustaría darles las gracias por haber venido para ayudarnos a encontrar nuestra ciudad perdida hace tanto tiempo —dijo—. Спасибо. Spasibo. —Le estrechó la mano a Hellen y luego a Tom.

De repente, una puerta al otro lado de la sala se abrió de golpe con un estrépito.

—¡La cruz no les servirá de nada! ¡Kitezh pronto se perderá para siempre! —gritó un hombre bajo e insignificante desde la puerta. Llevaba una chaqueta de tweed arrugada y el pelo hecho un amasijo.

Todos los rostros se volvieron hacia el hombre. Los guardaespaldas que se encontraban en el escenario con el presidente se colocaron delante del jefe de Estado para protegerlo del recién llegado, apuntando con sus armas al intruso.

—Me llamo Sir Hillary Graves. Soy sismólogo, y en cuarenta y ocho horas un terremoto de magnitud ocho o superior devastará todo, desde el lago Svetloyar hasta Nizhni Nóvgorod. ¡Kitezh se hundirá por segunda vez, y esta vez para siempre!