La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 28 EL KREMLIN DE NIZHNI NÓVGOROD
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28 EL KREMLIN DE NIZHNI NÓVGOROD

EL KREMLIN DE NIZHNI NÓVGOROD

—No tenía ni idea de que hubiera un Kremlin fuera de Moscú —dijo Tom mientras bajaba del taxi y contemplaba la fortaleza, construida originalmente en los siglos XVI y XVII. Miles de personas afluían hacia la ciudadela para participar en la celebración del octingentésimo aniversario de la ciudad.

—De hecho, hay muchos Kremlins en Rusia, pero el de Moscú es el más conocido.

Los Kremlins son ciudadelas que se construyeron en las fronteras del Gran Ducado de Moscú para protegerlo de los invasores.

Parte de la construcción de este Kremlin en particular se atribuye al arquitecto italiano Pietro Frjasin.

Sus murallas tienen dos kilómetros y medio de largo y hasta doce metros de altura, con trece torres de vigilancia integradas.

Tom sacó del bolsillo de la chaqueta las invitaciones que le había dado el patriarca y se las enseñó a los guardias apostados en la entrada principal.

Pasaron por un control de seguridad similar al de un aeropuerto, seguido de un exhaustivo cacheo, pero Hellen no iba a permitir que nada aplacara su entusiasmo.

Siguió contándole a Tom cosas sobre el complejo.

—También hay cinco grandes torres cuadradas que solían estar coronadas por piezas de artillería.

Cada torre tiene su propio nombre, al igual que en otros Kremlins.

Esa de ahí, por ejemplo —señaló una torre a cierta distancia a su derecha—, es la torre de San Demetrio.

Su nombre procede de una iglesia que se alzaba antiguamente frente a ella, y que estaba consagrada a Demetrio de Tesalónica.

Desde el control de seguridad, se dirigieron a través de un estacionamiento hacia la sala de conciertos.

—Esa construcción no parece especialmente histórica —mencionó Tom, señalando un feo edificio de hormigón prefabricado.

—No lo es. En la época soviética, en el siglo XX, se construyeron varios edificios administrativos en los terrenos del Kremlin.

Durante la Segunda Guerra Mundial, se desmontaron los tejados de las torres Taynitskaya, Sévernaya y Chasovaya y se sustituyeron por plataformas con cañones antiaéreos.

Así defendía la fortaleza el espacio aéreo de la ciudad contra los ataques de la Luftwaffe alemana.

Y aquello de allí —Hellen señaló una iglesia pintada de blanco con tejados verdes— es la Catedral del Arcángel Arturo, que data del siglo XVI.

Antes había aquí un edificio más antiguo, erigido en 1227.

Fue una de las primeras construcciones religiosas de piedra de Rusia.

Tom estaba impresionado. Un año antes, nada de aquello le habría parecido especialmente interesante.

El arte, la cultura y la historia nunca le importaron mucho.

Pero las aventuras del último año habían despertado en él una fascinación por los mitos históricos, los artefactos antiguos y los tesoros hundidos.

—La de cosas que sabes —murmuró con admiración mientras entraban en el vestíbulo de la sala de conciertos.

Tom había reparado en la presencia de cientos de vehículos policiales y militares apostados en la entrada del Kremlin.

La celebración de un octavo centenario era algo muy importante, sin duda, pero ¿requería realmente del despliegue de toda una compañía dentro de las murallas del Kremlin?

La mente de Tom regresó involuntariamente a los acontecimientos de Roma; una vez más estaba rodeado de francotiradores, y no le gustaba nada esa sensación.

En el vestíbulo de la sala de conciertos, el padre Fiódor, el secretario del patriarca, se acercó a ellos apresuradamente.

—El presidente Gennady Vlasov acaba de llegar —dijo, y los ojos de Hellen se abrieron de par en par—.

No estábamos seguros de que pudiera venir, pero ahora que está aquí habrá una breve recepción antes de la ceremonia oficial, solo una pequeña reunión.

El patriarca desea, personalmente, mostrarle la cruz de Kítezh al presidente y al gobernador de Nizhni Nóvgorod, antes de presentarla al resto del mundo.

El artefacto es de gran importancia para nosotros, los rusos.

La excitación del hombre era palpable y no dejaba de mirar a su alrededor con nerviosismo. Sacó dos pases VIP y se los entregó a Tom y a Hellen.

—El patriarca desea que estén presentes. Por favor, síganme.

Sin esperar su reacción, el padre Fiódor empezó a abrirse paso entre la multitud que aguardaba.