27 APARTAMENTO DE ARTHUR JULIUS PREY
APARTAMENTO DE ARTHUR JULIUS PREY
LA HABANA, CUBA
—¿Monsieur Prey? ¿Hola?
Silencio.
Cloutard volvió a llamar y, a continuación, alargó la mano hacia el picaporte.
Para su sorpresa, la puerta no estaba cerrada con llave.
«¿Será cosa de los genes de Tom?», se preguntó fugazmente.
Entró con cautela. Detrás de la puerta, contra la pared, descansaba un bate de béisbol, y al cogerlo sonrió.
Armado, entró sigilosamente en el pequeño y destartalado apartamento.
Los ruidos provenían de una habitación del fondo.
Cloutard no estaba seguro de si el lugar estaba desordenado o si alguien simplemente lo había desvalijado.
Avanzó con precaución, poniendo un pie delante del otro.
En el pasado, rara vez se había manchado las manos; para ese tipo de menesteres ya había tenido a su gente.
Pero todo aquello pertenecía a otra vida.
Se apostó frente a la puerta de la que procedían los sonidos, agarró el bate con fuerza y la abrió de una patada.
—¡Oh, mon Dieu! —exclamó Cloutard. Tardó una fracción de segundo en procesar la escena que tenía delante; acto seguido, se dio la vuelta sin más demora y cerró la puerta.
Pero ya era tarde: la imagen se le había grabado a fuego en la retina.
Arthur Prey, el abuelo de Tom —sorprendentemente ágil para sus setenta y cinco años, como Cloutard acababa de descubrir—, se encontraba con los pantalones por los tobillos, enfrascado en una tórrida sesión de amoríos que incluía a su novia cubana y una cómoda.
El bamboleo del mueble, los resoplidos del anciano y los chillidos de placer de la mujer, varios años más joven que Arthur, habían llevado a Cloutard a malinterpretar fatalmente la situación.
Del otro lado de la puerta llegaron parloteos en español y un golpe frenético y, segundos después, apareció el abuelo de Tom blandiendo un viejo revólver.
—¿Quién demonios es usted? —gritó, apuntando con el arma a la cabeza de Cloutard. El francés soltó de inmediato el bate de béisbol y levantó las manos, para protegerse.
—Soy amigo de su nieto, Tom Wagner. Me llamo François Cloutard. Trabajo para Blue Shield con Tom y Hellen de Mey.
—¿Hellen? ¿No se habían separado?
Con el menor número de palabras posible, Cloutard le explicó al anciano lo que había sucedido.
—Artjom —susurró Arthur—. Hace años que no sé nada de él. —Se dejó caer en una silla junto a la mesa de la cocina y puso el revólver a un lado—. ¿Y mi apartamento? ¿Mi gato?
Cloutard cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza.
La puerta del dormitorio se entreabrió y la mujer cubana se asomó por el resquicio. Se había envuelto en una sábana.
—No ha pasado nada malo, ¿verdad? —susurró. Luego salió de la habitación y corrió hacia Arthur. Le puso una mano en el hombro y le dio un beso en la mejilla.
—Esta es Aniel —dijo Arthur a modo de presentación.
—Enchantée —saludó Cloutard.
—Mi nieto necesita mi ayuda —le explicó Arthur a su enamorada—. Vístete, tenemos que irnos. —Volviéndose hacia Cloutard añadió—. Antes tengo que coger una cosa.
—¿Qué tiene que coger? —preguntó Cloutard, sorprendido—. Tenemos que llegar a Rusia lo antes posible. Alguien ya ha destrozado su apartamento de Viena y usted corre un grave peligro aquí.
—Puede ser, pero si esto tiene que ver de verdad con el padre Lazarev y la cruz que me enseñó hace cuatro décadas, entonces hay algo que tenemos que ir a buscar. Confíe en mí.
El abuelo de Tom no aparentaba tener setenta y cinco años. Estaba en forma como un hombre de la mitad de su edad y lucía una poblada barba canosa que recordaba vagamente a Ernest Hemingway.
El teléfono de Cloutard comenzó a sonar. «Cirilo», leyó en la pantalla y contestó la llamada.
—No sé en qué andas metido, pero un par de cabrones con muy mala pinta acaban de bajar de un coche aquí abajo y se dirigen al edificio del viejo. Algo me dice que vienen a por él. Tiene que largarse de ahí ahora mismo.