26 TIENDA ARMANI
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TIENDA ARMANI
NIZHNY NÓVGOROD
Tom nunca le había prestado demasiada atención al estilo o a la ropa de diseño, pero, al inspeccionarse en el espejo, tuvo que admitir que no estaba nada mal. Hellen había desaparecido en la sección de señoras, lo que le dio a Tom la oportunidad de aclarar sus ideas.
Hellen era la única mujer a la que Tom había amado de verdad.
Por desgracia, para ambos, la balanza entre sus diferencias y la pasión que sentían el uno por el otro se desequilibró y, con el tiempo, el drama se había vuelto excesivo.
En el fondo, eran dos personas muy distintas y existían demasiadas cosas en las que no encajaban.
Después de la ruptura, Tom se juró a sí mismo que nunca más dejaría que nadie se le acercara tanto como lo había hecho Hellen.
Todo lo relacionado con el amor lo desconcertaba sobremanera.
Y, sin embargo, allí estaba él, con ella, en Rusia, comprando ropa cara de diseño para una velada que pasarían juntos. No era una cita, por supuesto. No, era algo puramente profesional. O, al menos, eso intentaba decirse a sí mismo.
Mientras se contemplaba en el espejo, escuchó un suave silbido.
—James Bond se moriría de envidia, estoy segura —dijo Hellen—.
Aunque él siempre prefería la marca Brioni.
Tendrás que quitarte esa barba de un día, y esa mata de pelo que tienes en la cabeza no es exactamente lo que esperaría de un caballero...
Aparte de eso, una mujer casi podría dejarse ver contigo en público.
—Las palabras eran amables, pero el tono era un poco frío.
A él le molestó, aunque no sabía explicar muy bien por qué.
Sumergido en aquel momentáneo sentimiento, se dio, finalmente, la vuelta y se quedó con la boca abierta.
Hellen llevaba un despampanante vestido negro, la viva imagen de la elegancia y la feminidad.
Unos volantes adornaban la espalda de la prenda ceñida y sin mangas, mientras que el escote era pronunciado, acentuando e insinuando lo que había debajo.
Un vestido sencillo, pero increíblemente sexy.
Tom tuvo que admitir que ella estaba deslumbrante, y así se lo expresó. De todos modos, Hellen seguía pareciendo distante. Habían pasado demasiadas cosas en el último año. «Probablemente, sea mejor así», se consoló a sí mismo. «No queremos empezar otra vez con toda esa locura».
Hellen pagó con su tarjeta de crédito de Blue Shield y el dependiente les empaquetó sus nuevos conjuntos en elegantes bolsas de la tienda.
—¿Crees que esta noche podría ser peligrosa? —preguntó Hellen—. Solo quiero estar preparada. —añadió sin parecer en absoluto preocupada.
—Lo dudo. Nadie sabe que la cruz ha aparecido.
Hellen se mostraba muy profesional, y mientras salían de la tienda, a Tom le molestó que ella no hubiera sido receptiva ni al más mínimo de sus cumplidos.
Pero al cabo de unos segundos decidió dejarlo pasar.
De todos modos, no había sido muy razonable andarse con galanteos.
Una vez fuera, Tom detuvo un taxi para que los llevara de vuelta al hotel.
—Ese tipo era un poco raro, ¿no? —comentó Tom después de que Hellen le diera al taxista la tarjeta de visita del hotel.
—Me muero de ganas de ver la cruz en la realidad, sosteniéndola en mis manos —dijo Hellen con aire distraído, mirando por quincuagésima vez la foto de la cruz que llevaba en su móvil. Tardó varios segundos en darse cuenta de que Tom le había hecho una pregunta y agregó, interrogante—. ¿Qué tipo?
—Estabas en otra parte, ¿verdad? —Hellen lo miró sin comprender—. Durante todo el tiempo que estuvimos en la tienda, solo había otro cliente.
—¿Y?
—¿No lo notaste? Era completamente calvo. Y quiero decir completamente. Una auténtica bola de billar. Sin pelo, sin cejas, ni siquiera pestañas.
—En las cosas que te fijas cuando tienes a una mujer con un vestido de noche sexy justo delante de ti —dijo Hellen, y suspiró—. Los tiempos cambian, supongo.