La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 25 AEROPUERTO DE STRIGINO
34%

25 AEROPUERTO DE STRIGINO

cWU

AEROPUERTO DE STRIGINO

NIZHNI NÓVGOROD

—¿Puedes explicarme esto?

Hellen le tendió el móvil para enseñarle a Tom el vídeo en el que salía él, con la camiseta salpicada de sangre, disparando a diestro y siniestro. Era media mañana y Tom había llegado a tiempo para recibir a Hellen en la terminal de llegadas. Ahora esperaban a que la maleta de ella apareciera.

—Es increíble lo buenas que son las cámaras de los móviles nuevos, ¿verdad que sí?

—dijo Tom y tocó una parte de la pantalla—.

¿Ves? Solo hay una farola encendida y, aun así, se distingue que soy yo.

Bueno, la imagen está borrosa y estoy cubierto de sangre, pero de todas maneras no deja de impresionarme.

Hellen enarcó una ceja. Miró a Tom, pero no dijo nada. Él conocía esa mirada: se le habían acabado las ganas de bromear.

—Está bien, te daré la versión corta —suspiró él, y le explicó a Hellen lo que había pasado.

—¿Cómo te las apañas para acabar metido siempre en estas situaciones tan increíblemente absurdas? ¡Eres un imán que atrae catástrofes! Te pasan más cosas en una semana que a la gente normal en toda su vida.

—¿Tengo yo la culpa de que los villanos no paren de dispararme? El tipo era un asesino a sueldo operando a sangre fría, muy profesional. Pero lo más importante: ¿has ido a ver al abuelo?

El rostro de Hellen se ensombreció de repente. Tom también conocía esa expresión y se temió lo peor.

—¿Está bien?

Hellen le explicó lo ocurrido en Viena e inmediatamente intentó tranquilizarlo.

—François va de camino a La Habana. Cuidará de Arti.

—¿De verdad crees que François es la persona adecuada?

—Tom no se sentía muy tranquilo. Él y Cloutard habían vivido juntos más de una peripecia, pero también conocía el pasado delictivo del francés y sabía que podía cambiar de lealtad a las primeras de cambio.

Solo le quedaba esperar que Cloutard encontrara a su abuelo y lo protegiera lo mejor posible.

—Tom, no olvides que Arti también sabe cuidarse solito bastante bien. Recuerdo las historias que nos contaba de su época como corresponsal de guerra.

Tuvo que admitir que ella tenía razón. De todos modos, poco podía hacer, al menos por ahora.

—Muy bien, profesora De Mey. Cuéntame más sobre esa «ciudad invisible».

Hellen sonrió. No hizo falta que se lo pidiera dos veces. Con los ojos brillantes de entusiasmo, se lanzó a relatar la historia de Kítezh, y Tom pudo ver que estaba en su salsa.

—Por supuesto. Pues bien, a principios del siglo XIII, había dos ciudades: Mali Kítezh, que significa «Pequeña Kítezh», y Bolshói Kítezh, o «Gran Kítezh».

—¿Bolshói? Espero que no me lleves a ver el ballet. Dios, todo menos eso. ¿Recuerdas la vez que me arrastraste a la Ópera Estatal?

—¡Sí! Roncaste tan fuerte que vino el acomodador y nos echó. Tardé meses en volver a conseguir entradas decentes. No te preocupes, no hay ballet.

Tom respiró aliviado.

—Pues, según la leyenda, la Pequeña Kítezh fue fundada por el Gran Duque de Vladímir —dijo Hellen.

—¿Junto al lago donde dicen que se hundió?

—En realidad, no. La Pequeña Kítezh estaba a orillas del río Volga, no lejos de Nizhni Nóvgorod.

Pero entonces el mismo Gran Duque de Vladímir descubrió un lugar mucho más hermoso a orillas del lago Svetloyar, y allí fue donde erigió la Gran Kítezh.

La ciudad no tardó en ser conocida como un lugar sagrado, como el Vaticano, y se construyeron innumerables iglesias, monasterios y palacios a su alrededor.

—Entonces, ¿qué le pasó? —preguntó Tom.

—El nieto de Gengis Kan, eso fue lo que le pasó —dijo Hellen.

—¿Qué quieres decir?

—En 1238, Batu Kan, el nieto de Gengis Kan, dirigió los ejércitos mongoles hacia el noreste de Rusia.

Mientras sus soldados conquistaban, saqueaban y quemaban todo a su paso, incluida la Pequeña Kítezh, el Kan oyó hablar de la Gran Kítezh y, de repente, se convirtió en su nuevo objetivo.

A partir de ese momento, lo único que le importó fue tomar la ciudad.

—Pero ¿no tuvo Gengis Kan cientos de nietos? —preguntó Tom.

—Sí, pero solo uno de ellos llegó a ser alguien importante.

Ese fue Batu. El Gran Duque hizo todo lo posible por negociar con Batu Kan, pero acabó teniendo que huir para salvar la vida cuando el Kan intentó matarlo.

El problema era que ninguno de los soldados del Kan sabía la ubicación exacta de la Gran Kítezh.

Así que interrogó a sus prisioneros de la Pequeña Kítezh.

—¿Se lo dijeron?

—No. Ninguno de ellos quiso revelar la ubicación de la ciudad sagrada, lo que obviamente enfureció al Kan. Batu ordenó que golpearan y torturaran a los prisioneros, pero, aun así, ninguno dijo una palabra.

—¿Y eso? ¿No tenían miedo? ¿Por qué eran tan leales? —A Tom ahora le picaba la curiosidad y Hellen sonrió. Se dio cuenta de que estaba captando su interés.

—Tenían más miedo a la maldición eterna de Kítezh que a las amenazas de muerte y a la tortura.

—¿La maldición eterna…?

—Sí. Los prisioneros creían que si revelaban la ubicación de la Gran Kítezh atraerían una maldición sobre sí mismos y sus descendientes para siempre.

—Entonces, si ninguno de ellos le dijo al Kan dónde estaba la ciudad. ¿Cómo la encontraron los mongoles?

—Bueno, al final, uno de los prisioneros sí que se derrumbó. Lo torturaron más allá de la resistencia humana y les habló de las rutas secretas que llevaban al lago Svetloyar.

—¿Qué le pasó al Gran Duque?

—Dicen que murió en batalla. Sin embargo, antes de morir, pudo esconder todos los artefactos sagrados y tesoros de la ciudad en el lago.

Luego, de alguna manera, la ciudad se volvió…

invisible. Hoy en día nadie sabe realmente cómo interpretar eso, o qué significa de verdad lo de «la ciudad invisible».

En la actualidad, todo lo que hay en el lago Svetloyar es el propio lago y mucho bosque.

—¿Así que nadie sabe realmente qué fue de Kítezh? —Tom enarcó las cejas. Esperaba no haber volado hasta allí para nada.

—Dicen que la ciudad solo es visible para los puros de corazón, y que aquellos que de verdad creen en ella pueden oír las campanas de las iglesias que provienen del lago. Algunos incluso afirman haber visto las siluetas de los edificios en el lecho lacustre.

—¿Pero en realidad nadie ha visto ni oído nada?

—No. Varias expediciones arqueológicas han estudiado la zona que rodea el lago y han encontrado indicios de un antiguo asentamiento, pero sin reliquias ni tesoros.

La mitología de Kítezh también dice que todo el botín de Batu Kan se encuentra en la ciudad…

, el botín de una larga campaña que atravesó el corazón de Asia.

—¿Crees que hay alguna posibilidad de que encontremos algo nuevo?

—Sinceramente, no tengo ni idea. Pero es demasiado tentador como para no intentarlo, al menos.

Mientras Hellen contaba la historia de Kítezh, llegó su equipaje. Tres minutos después, ya estaban sentados en el coche de alquiler de Tom, de camino a la ciudad.

—Por cierto, tenemos que comprarte algo para esta noche —dijo Tom con naturalidad.

Hellen frunció el ceño.

—¿Algo para esta noche?

—A no ser que hayas metido un vestido de noche en la maleta.

—¿Por qué iba a necesitar un vestido de noche?

—El patriarca nos ha invitado al Kremlin de Nizhni Nóvgorod. Celebran el octavo centenario de la ciudad. Hasta el presidente ruso va a estar allí.

—El papa, el presidente de Estados Unidos, el presidente de Rusia… La lista de contactos de tu móvil debe de estar a reventar —dijo Hellen con una sonrisa y Tom volvió a sentir la atracción que todavía existía entre ellos.

—Cierto. Pero creo que aún podría encontrarle un hueco al Dalái Lama —respondió él.

Doce horas después de salir de Viena, el piloto abrió la puerta del Gulfstream y bajó la escalerilla. A Cloutard le aparecieron al instante diminutas gotas de sudor en la frente al salir del interior climatizado del avión y ser tocado por el calor tropical cubano.

Sol, mar, un cielo despejado, cócteles, música y una lujuria vital única: eso era Cuba.

Cloutard se ajustó el sombrero Panamá mientras bajaba la escalerilla y, al levantar la vista, vio un Chevrolet descapotable de color rojo brillante aparcado en la pista del aeropuerto.

Aquella bestia de época seguía en buena forma, pero se le notaban sus setenta años de historia.

Un hombre de piel cobriza estaba apoyado en la puerta del conductor, fumando un tabaco grueso; una estampa poco habitual, ya que la mayoría de los lugareños apenas podían permitirse ese tipo de habano.

Pero Cirilo García López no era un cubano cualquiera.

Ejercía, como una especie de embajador, un eslabón en la cadena entre los funcionarios corruptos del Gobierno y el crimen organizado.

Cirilo abrió los brazos en cuanto vio a Cloutard y fue a su encuentro, con el habano en la comisura de los labios.

—Hola, François. Bienvenido de nuevo —gritó Cirilo, feliz.

—Salut, viejo amigo. Me alegro mucho de volver a verte.

Los dos hombres se abrazaron como hermanos y Cirilo cogió la maleta de Cloutard y la puso en el asiento trasero de cuero blanco del descapotable.

—Veo que todavía conservas tu viejo fotingo. — Los cubanos utilizan esa palabra, que se puede traducir como «cacharrito», para referirse, afectuosamente, a los coches de época que son parte indispensable del paisaje urbano de La Habana.

—Sí, compañero. Nunca me ha fallado —dijo Cirilo, y golpeó la puerta con los nudillos. Subieron al coche, que avanzó traqueteando hacia la salida del aeropuerto. La barrera se levantó y el guardia les hizo señas para que pasaran.

—Veo que entrar en Cuba con tu ayuda sigue siendo fácil, como coser y cantar —dijo Cloutard, dándole una palmada en el hombro a su viejo amigo.

—Pero seguro. Solo que es un poco más caro que antes. —Cirilo se frotó los dedos y ambos se echaron a reír—. Por cierto, tengo un regalo para ti. —Cirilo se estiró hasta el asiento trasero y se incorporó sosteniendo una caja cilíndrica de madera de bella factura. Se la entregó a Cloutard.

A Cloutard se le abrieron los ojos como platos.

—¿Es esto…?

—¡Siiiií! —sonrió Cirilo.

Cloutard abrió la caja con reverencia.

—Havana Club Máximo Extra Añejo —susurró Cloutard, examinando la cara botella de Bacará. Aquella edición especial estrictamente limitada costaba casi dos mil dólares; mucho dinero por medio litro de ron.

—¿Sabes que he perdido mi imperio y que ahora mismo no puedo permitirme estos lujos?

—No te preocupes, viejo amigo —le tranquilizó Cirilo—. Lo siento mucho. No podíamos creerlo cuando nos enteramos de la noticia.

—Gracias. Pero no te preocupes. Lo recuperaré todo.

Media hora más tarde, Cirilo y Cloutard conducían por el Malecón, el famoso paseo marítimo habanero, que los llevó hasta el corazón de La Habana Vieja, el centro turístico de la capital cubana y una magnífica muestra de la historia de la isla.

El casco histórico, como le llaman los cubanos, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982.

Los edificios antiguos se continúan renovando poco a poco, pero todavía queda una gran cantidad de esas construcciones destartaladas que dominan el paisaje urbano y forman parte de la encantadora estampa colonial de la ciudad.

Después de pasar por el castillo de San Salvador de la Punta, tomaron la avenida del puerto hasta llegar al castillo de la Real Fuerza. Justo al final del complejo de la fortaleza, se metieron en un pequeño callejón sin salida y Cirilo detuvo el automóvil.

—Tu amigo vive ahí arriba, en el último piso.

—Cirilo señaló. Cloutard miró hacia el edificio verde y amarillo, con vistas a la plaza de Armas, por un lado, y al puerto, por el otro.

Se alzaba frente a un pequeño jardín y junto a una biblioteca pública, y era sin duda uno de los edificios más atractivos de La Habana Vieja.

Las contraventanas de madera blanca, cerradas para protegerse del calor del día, y el balcón que rodeaba el último piso no hacían más que añadir encanto a la antigua casa.

Cloutard se bajó del fotingo y se dirigió a la entrada del edificio.

Una vez dentro, subió la estrecha escalera, que necesitaba una reforma urgente.

Al final del pasillo se hallaba el apartamento.

Miró a su alrededor y estuvo a punto de llamar cuando oyó ruidos en el interior.

Pegó la oreja a la puerta y oyó un golpeteo y un estrépito, seguido de gemidos y murmullos ahogados.

El francés llamó a la puerta.