La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 22 APARTAMENTO DE ARTHUR JULIUS PREY
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VIENA

La devastación era inmensa. Innumerables ventanas de los edificios circundantes se habían hecho añicos y las llamas salían del apartamento del abuelo de Tom.

Las alarmas de los coches aullaban. Los camiones de bomberos, la policía y los vehículos de emergencia no tardaron en bloquear la estrecha calle.

Habían evacuado con rapidez a los residentes del edificio, que ahora se encontraban tras el cordón policial.

Varios de ellos necesitaron tratamiento por inhalación de humo y diversas heridas.

Los curiosos se unieron a los vecinos junto a la cinta policial, y rostros expectantes observaban desde los edificios de los alrededores.

Las escaleras de los camiones de bomberos se estaban replegando mientras los bomberos, con las bombonas de oxígeno a la espalda, salían del edificio. El fuego estaba extinguido, pero el vapor y el humo seguían ascendiendo hacia el cielo.

—Cuénteme otra vez qué ha ocurrido exactamente y de qué conoce al señor Prey —le dijo el policía a Hellen, y ella le contó en pocas palabras lo que había presenciado con Cloutard.

—... y el señor Prey es el abuelo de un amigo mío. Tom Wagner, quizá lo conozcan. ¡Un antiguo miembro de Cobra!

—Ah, sí. Waaaagner —dijo el agente con desdén—. Sí, aquí todo el mundo lo conoce.

Hellen entornó los ojos y continuó: —Bueno, Tom está en Roma ahora mismo, en una misión en el Vaticano. Me pidió que pasara a ver a su abuelo mientras estaba fuera. Al fin y al cabo, es un hombre mayor.

Había decidido guardarse para sí el verdadero motivo de su visita al abuelo de Tom, pero pensar en el adorable anciano la entristeció.

Para ella, siempre sería el abuelito Arti.

¿Cómo iba a decirle a Tom que el último familiar que le quedaba en el mundo estaba muerto?

Cloutard vio el dolor en su rostro. Le pasó un brazo por los hombros y le dio un abrazo para tranquilizarla.

El jefe de operaciones del departamento de bomberos le hizo señas al oficial de policía pidiéndole que se acercara. Quería hablar con él para ponerlo al día. —Discúlpenme un momento —dijo el agente, que se dio la vuelta y comenzó a dialogar con el bombero al mando.

—El fuego ha sido extinguido —oyó Hellen decir al jefe—.

Pero parece que alguien ha detonado una bomba ahí arriba.

Y si quiere que le diga mi opinión, quienquiera que fuese, saqueó el piso antes de hacerlo.

Vamos a remitir el caso a la unidad de incendios provocados.

Precíntenlo todo. Que nadie se acerque al apartamento.

Hellen y Cloutard se miraron, conmocionados.

—¿Quién demonios querría matar al abuelito Arti?

—le dijo Hellen a Cloutard en voz baja—.

La Cruz de Kítezh aparece de repente y, ¿alguien intenta matar al abuelo de Tom?

No puede ser una coincidencia, sobre todo si Tom cree que su abuelo podría saber algo sobre la cruz. —Alzó la voz de nuevo.

— Señor oficial, si eso es todo, nos gustaría retirarnos. Tenemos que comunicar a un buen amigo que su abuelo ha sido asesinado —dijo Hellen, con un nudo en la garganta—. Tiene mi número en caso de que vuelva a necesitar nuestra declaración —añadió a punto de darse la vuelta.

El jefe de bomberos se marchaba en ese momento, y el policía volvió a centrar su completa atención en Hellen y Cloutard.

—¿Asesinado? ¿Por qué asesinado? No han encontrado restos humanos en el apartamento, solo lo que quedaba de un gato.

Nos pondremos en contacto con ustedes si tenemos más preguntas.

Otra sorpresa. —Si el grand-père de Tom no estaba en casa, entonces, ¿dónde está? —preguntó Cloutard.

—Buena pregunta —dijo Hellen, tan perpleja como el francés.

Caminaron lentamente de regreso al coche. Hellen rezó una pequeña plegaria de agradecimiento por haber aparcado a la vuelta de la esquina, y no frente al edificio, lo que les habría impedido escapar rápidamente de aquel caos.

—Quizá deberíamos preguntar a los vecinos si alguien sabe dónde...—empezó Hellen, pero al agacharse para pasar por debajo de la cinta policial, una anciana le tendió la mano y le tocó el brazo.

—Disculpa, jovencita. ¿Estás buscando, por casualidad, al señor Prey?

—¡Sí! —respondió Hellen, y su expresión se iluminó al instante.

—Oh, qué bien. Me lo imaginaba, porque me resultabas muy familiar. Eres la novia del nieto, ¿verdad? Hace mucho tiempo que no te veía por aquí. Deberías venir a visitar a Arthur, quiero decir, al señor Prey, más a menudo —dijo la anciana, levantando un dedo en señal de reprimenda.

Hellen se sonrojó un poco. No tenía ni el tiempo ni las ganas de hablar de su vida amorosa con una desconocida.

—¿Sabe dónde se encuentra el señor Prey?

—Por supuesto. Está de vacaciones en Cuba —fue la respuesta de la anciana. Luego bajó la voz hasta convertirla en un susurro y le guiñó un ojo a Hellen y añadió: —¡Está visitando a su amada! Yo le estoy cuidando el gato mientras está fuera.

—Je suis désolé. El pobre animal, me temo, no ha sobrevivido a la explosión —dijo Cloutard, con un acento muy francés.

Hellen puso los ojos en blanco. —¿Sabe cómo podemos contactar con él? Con el señor Prey, quiero decir.

La anciana sonrió y, para asombro de Hellen, sacó un iPhone del bolso y navegó con sorprendente habilidad hasta un correo electrónico que le había enviado el abuelo de Tom.

—Mi nieta me regaló este teléfono, ¿sabes? Me ha costado manejarlo, pero creo que poco a poco le voy cogiendo el truco. Hacemos mucho eso del Face-no-sé-qué juntas, ya sabes. Toma, mira. —Sonrió ampliamente y le tendió el teléfono a Hellen.

Hellen leyó rápidamente el correo electrónico.

—¿Puedo reenviármelo? —preguntó. La anciana asintió y Hellen se envió el correo a sí misma y a Cloutard. Le dio las gracias a la anciana y le devolvió el teléfono. Luego, enganchó su brazo al de Cloutard y tiró de él.

—Dígale al joven Tom que debería visitar a su abuelo más a menudo —gritó la anciana a sus espaldas, saludando con la mano.

Cuando se hubieron alejado un poco, Hellen dijo: —Si esto ha sido de verdad una bomba, entonces el abuelo de Tom sigue en grave peligro.

—Déjamelo a mí —propuso Cloutard—. Tengo buenos contactos en Cuba. Sudamérica solía ser, digamos, un excelente coto de caza. Y Cuba siempre fue un lugar extraordinario para esconderse. Tú vuela a Rusia y yo me aseguraré de que no le pase nada al viejo charmeur.

En cuanto doblaron la esquina y se perdieron de vista, un hombre salió del portal de un bloque de apartamentos y se dirigió directamente hacia la anciana que acababa de hablar con ellos.