La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 21 EN ALGÚN LUGAR DE ROMA
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21 EN ALGÚN LUGAR DE ROMA

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EN ALGÚN LUGAR DE ROMA

Llevaba más de una hora fuera de las bulliciosas zonas turísticas de Roma, pero le había parecido una eternidad.

El móvil se le había quedado sin batería hacía mucho y, en su desesperación, terminó comprando el suéter con capucha de un yonqui.

No podía deambular por la ciudad con el aspecto de un cuadro andante de Jackson Pollock, así que le dio al drogadicto los últimos cincuenta euros que llevaba encima, a cambio de la apestosa pieza de ropa hecha jirones.

No le había quedado más remedio. Ahora iba a pie, abriéndose paso por las callejuelas para llegar a su punto de encuentro.

Por un instante, sintió la tentación de llamar a Lorenzo Da Silva y contárselo todo, pero no soportaba a ese tipo y esa era razón suficiente para no fiarse de él.

No quería involucrar al papa, así que solo le quedaba en Roma una persona en la que podía confiar: la hermana Lucrezia.

Había conocido a la madre superiora y a las tres monjas más jóvenes a su cargo, alrededor de un año a medio atrás.

Sus caminos se cruzaron más de una vez desde entonces y habían vivido muchas experiencias juntos.

Tom estaba de pie en la penumbra en el punto de encuentro cuando la vieja furgoneta Alfa Romeo Autotutto de color rojo vivo que tan bien conocía se detuvo a su lado. Al volante del clásico vehículo, maravillosamente conservado, estaba la hermana Lucrezia.

En la hilera de asientos trasera, justo detrás de ella, iba la hermana Bartolomea, que abrió la puerta lateral y exclamó:

—¡Vamos, Tom! ¡Sube!

Sorprendido de que la hermana Lucrezia ya hubiera traído refuerzos, se metió rápidamente dentro. La monja pisó a fondo el acelerador.

—No sé cuántos favores les debo —dijo Tom.

—Ninguno en absoluto —respondió la hermana Lucrezia—. Siempre estaremos en deuda contigo. —Tom se recostó en el asiento y soltó un suspiro de alivio. Al menos había por fin salido de la calle y, por alguna razón, se sentía completamente a salvo siempre que estaba cerca de las monjas.

—¿En qué avispero te has metido ahora, signor Tom? —preguntó la hermana Bartolomea.

—Ojalá lo supiera. No tengo ni idea de lo que está pasando. Primero encontramos la Cruz de Kítezh en la tumba de san Pedro y, al momento siguiente, un asesino me dispara a mí y a transeúntes inocentes a sangre fría, diciendo que lo hace en nombre de Guerra.

—Pues, a pesar de todo eso, no tienes mal aspecto. —La hermana Bartolomea agitó la mano delante de la nariz—. Pero de verdad creo que deberías cambiarte. Deshazte de ese jersey cuanto antes. Quemándolo si es posible —le propuso, dando un pellizco a la sudadera recién comprada de Tom.

—Guerra... Era aquel hombre horrible de Barcelona, ¿verdad? —inquirió la hermana Lucrezia.

—Sí. Y, por lo visto, alguien tiene una cuenta pendiente conmigo por su culpa; supongo que la organización cuyos planes fastidié en aquel entonces. No creo que sean precisamente mis mayores admiradores. —Sonrió con cansancio.

—Por cierto, eres una estrella de YouTube —dijo la hermana Bartolomea, tendiéndole el móvil para que lo viera.

A Tom se le heló la sangre. Increíble: alguien lo había grabado en la Plaza de España.

El vídeo, de mala calidad, mostraba a un hombre cubierto de sangre —él— que disparaba una pistola en todas direcciones y gritaba «¡Andiamo!

». El vídeo tenía el llamativo título de «¡Turista loco con pistola siembra el pánico en Roma! ».

—Cuando me contaste lo que había pasado, lo busqué en internet —contó la hermana Lucrezia—. Hoy en día todo va muy deprisa, ya sabes. Y eso fue lo que encontré.

—Pero, gracias al Señor, nadie te va a reconocer en el vídeo. No con toda esa sangre en la cara —agregó la hermana Bartolomea, haciendo lo posible por consolar a Tom. Él esbozó una sonrisa, la mejor que pudo.

—Hemos traído tus cosas —dijo la hermana Lucrezia, y la hermana Bartolomea señaló la bolsa de lona gris de Tom en la parte de atrás de la furgoneta—.

El santo padre ha podido contactar con el patriarca a tiempo.

Ha dicho que puede llevarte con él a Nizhni Nóvgorod.

Su avión vuela con protección diplomática y te están esperando en el aeropuerto.

—Te llevamos directamente allí —añadió la hermana Bartolomea.

—No deberían haber metido al papa en esto —protestó Tom.

—Estuvo más que encantado de ayudar. Siempre lo estará, ya lo sabes.

Tom asintió.

—Llegaremos en unos minutos. De verdad que deberías ponerte algo limpio.

—La hermana Bartolomea le acercó la bolsa de lona a Tom, pero él se quedó sentado mirando la noche, absorto en sus pensamientos.

Presentía que aquello no era más que el principio.

No podía explicar qué tenía que ver el atentado contra su vida con Kítezh.

De repente, como una descarga eléctrica, comprendió algo más: Hellen, Cloutard y su abuelo también corrían un grave peligro.