La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 20 ESCALINATA DE LA PLAZA DE ESPAÑA
27%

20 ESCALINATA DE LA PLAZA DE ESPAÑA

cRR

ESCALINATA DE LA PLAZA DE ESPAÑA

ROMA

Gritos. Pánico. Sangre. La multitud se dispersó en todas direcciones.

¿Qué había pasado? No se oyó ningún disparo.

Se encontraba tumbado en el suelo. Se miró las manos, la camisa…

Estaba cubierto de sangre. Pero no era la suya.

Delante de él yacía un joven al que, literalmente, la cabeza le había estallado.

La gente se acurrucaba contra los muros o se tiraba cuerpo a tierra.

Algunos ya se hallaban a cubierto tras la balaustrada del rellano intermedio de la escalinata.

Unos buscaban ayuda con la mirada. Otros ya tenían sus móviles en la mano y estaban filmando.

Todo sucedió en una fracción de segundo.

Tom había bajado unos momentos antes la vista al suelo y se percató de que estaba de pie sobre un relieve en forma de estrella incrustado en el rellano de la escalinata.

Al sumar eso a la hora en formato militar de la invitación, comprendió de repente que un francotirador lo había atraído a su punto de mira.

Sus instintos lo hicieron tirarse al suelo al instante y la bala lo falló por los pelos, segando en su lugar la existencia del pobre joven que estaba justo a su lado.

Probablemente, le debía la vida al hecho de que muchas cosas podían ocurrir en el segundo en que la bala tardaba en surcar el aire.

«Esto es por Guerra». Le estuvo dando mil vueltas en la cabeza a la misteriosa situación en la que se había encontrado hasta entonces, pero esa posibilidad no se le había ocurrido.

¿Qué tenía que ver el asesino de sus padres, el hombre al que el propio Tom matara en Barcelona, con Kitezh?

Probablemente nada. Era evidente que alguien sabía que estaba en Roma, pero ¿quién?

En cuanto descubrieron que los informes sobre el terrorismo en torno a la visita del patriarca al papa resultaron ser falsos, se había relajado, bajando la guardia.

Se había equivocado al relacionar el mensaje del atacante desconocido con la historia de Kitezh.

Tom se quedó en el suelo y se arrastró hasta la balaustrada, donde al menos pudo incorporarse. Todavía tenía el móvil de tapa en la mano y se lo llevó a la oreja.

—Fallaste, imbécil —dijo. Volvió a mirar el cadáver del joven. Por su posición, se hizo una idea aproximada de la dirección desde la que debía haber llegado la bala.

Junto a Tom, se encogía una joven. A ella también la había salpicado la sangre de la víctima y ahora estaba sentada, con la mirada perdida en el vacío, conmocionada y aterrorizada.

Le temblaba todo el cuerpo. En la mano sostenía una de esas nuevas cámaras con superzoom, de las que sirven para fotografiar una mosca en una pared a cien metros de distancia.

—¿Le importa que la coja prestada? —susurró Tom.

La chica apenas reaccionó cuando él le quitó la cámara de la mano.

—Solo tiene una opción, señor Wagner —dijo el francotirador con una voz terriblemente calmada.

—¿Y cuál sería? —Tom estaba intentando entretener al asesino dondequiera que estuviese.

Tenía que darse una oportunidad para averiguar su posición.

Levantó la cámara por encima de la balaustrada y usó la pantalla para escudriñar la zona en la dirección de la que había provenido el disparo.

Buscó frenéticamente y no tardó en localizar la pequeña torre al final de la Via Condotti.

Incluso desde allí, pudo distinguir el agujero en la ventana.

No veía el rifle, pero sabía que un buen francotirador siempre dispara desde el interior.

Tenía que ser el nido del atacante. Por desgracia, estaba demasiado lejos.

Para cuando llegara allí, el asesino ya habría desaparecido.

—Esto es lo que va a ocurrir. Voy a disparar a turistas al azar hasta que acepte su inevitable destino. —Hizo una pausa para que asimilara la idea y luego añadió—: Le mostraré a qué me refiero. ¿Ve a la mujer de amarillo?

Tom ni siquiera tuvo tiempo de tomar aire para gritar una advertencia.

No oyó el disparo, pero la cabeza de la mujer explotó y su cuerpo se desplomó.

El proyectil impactó contra el muro de piedra, haciendo saltar esquirlas de hormigón en todas direcciones.

Un coro de gritos se alzó entre la multitud y los gemidos de pánico se hicieron más fuertes.

—Cabrón sanguinario. Cuando te ponga las manos encima, vas a sufrir —gruñó Tom al teléfono.

El asesino se rio del coraje de Tom. —Tiene tres segundos.

—¡Espera! ¡Para! ¡Por favor! —La voz de Tom empezó a quebrarse.

Solo veía una salida. Respiró hondo y sacó su Glock.

—Está bien, ya salgo. —Desde su cobertura, reventó de un disparo las dos farolas que tenía más cerca. Luego se puso en pie de un salto y, rápida y metódicamente, fue apagando una farola tras otra. La escalinata se sumió en la oscuridad casi al instante.

—¡Andiamo! —gritó Tom. Fue la única palabra que le vino a la mente.

La gritó a pleno pulmón, intentando que la gente a su alrededor se moviera, que huyeran de una vez, cosa que finalmente empezaron a hacer.

Corrieron escaleras arriba, escaleras abajo, a cualquier parte con tal de ponerse a salvo.

Tom también corrió hacia lo alto y se llevó el teléfono a la oreja por última vez.

—Voy a encontrarte y me las pagarás.

—Estoy impresionado, señor Wagner. Usted gana el primer asalto, pero ya volveremos a hablar. —La comunicación se cortó.

Tom aprovechó el caos para desaparecer. Llegó a lo alto de la escalinata de la Piazza di Spagna y corrió hacia la derecha.

Una Vespa yacía tirada en medio de la calle, con el motor aún en marcha.

El dueño estaba agazapado detrás de un coche aparcado.

Tom enderezó la Vespa, se montó de un salto y giró el acelerador.

El dueño ni siquiera tuvo tiempo de protestar.

A toda velocidad recorrió Tom la Via Sistina en dirección contraria.

A su alrededor, la gente corría. Al llegar al siguiente cruce, la calle cambió de sentido y, al menos, ya circulaba en la misma dirección que el resto del tráfico.

Entonces vio una señal: «Roma Termini». Hacía más de un año que no iba a la estación principal de trenes de Roma.

No era la zona más atractiva de la ciudad.

Como en la mayoría de las grandes ciudades, los alrededores de la estación estaban infestados de mendigos, traficantes y prostitutas.

El lugar perfecto para ocultarse. Abandonó la Vespa en una calle lateral, se lavó la cara en una pequeña fuente y desapareció en un oscuro callejón.

Tenía que seguir moviéndose. Cuando sintió que podía parar y recuperar el aliento, sacó el móvil.

Solo había una persona en Roma a la que sentía que podía recurrir.