La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 19 CASTILLO DE SHEREMETEV
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CASTILLO DE SHEREMETEV

YURINO, RUSIA

—¿De qué está hablando? Nadie sabe dónde se encuentra Kitezh —gimió el viejo sacerdote.

En un instante, Falkenhain volvió a metamorfosearse, haciendo que el padre Lazarev se estremeciera. La bestia salvaje se transformó una vez más en el negociador exteriormente tranquilo. Dos de los guardias volvieron a enderezar la silla del sacerdote.

—No es necesario que mienta más, anciano. Resulta que sé que es usted el guardián. Y también sé que todavía no ha transmitido su secreto.

El cura sonrió. —No tengo ni la más remota idea de dónde ha sacado esa información, pero puedo asegurarle que está usted equivocado. O quienquiera que le dijera que conozco la ubicación ha sido engañado.

Falkenhain suspiró; sin embargo, permaneció tranquilo, como si el arrebato de un minuto antes no hubiera sucedido jamás. —Mi tarea es averiguar a través de usted dónde se encuentra Kitezh. Y ya hemos establecido que nunca dejo una misión sin terminar.

Falkenhain se volvió lentamente hacia uno de los guardias y enarcó una ceja.

El hombre salió de inmediato de la habitación y regresó un momento después con una vieja bolsa de cuero, que abrió para revelar una serie de herramientas metálicas: cuchillos, bisturís, clavos, agujas, martillos, cizallas y más.

Peter Lazarev sabía dónde iba a parar aquello.

Y era cierto que aún no había iniciado a su sucesor.

Ahora tenía que tomar una decisión: morir y llevarse su conocimiento a la tumba, o revelarle a su torturador el secreto que su familia había preservado durante siglos.

Pero al menos podía intentar ganar algo de tiempo.

—¿Qué sentido tiene? No sé nada. Torturarme no cambiará eso.

—No planeo torturarlo solo a usted, anciano.

Voy a empezar con usted, y luego seguiré con todos sus seres queridos…

Tengo tiempo. ¿Está casado? Entonces traeremos a su esposa.

A su hijo. Su hija. Incluso a su nieto. Y verá por sí mismo lo talentoso que soy.

—Falkenhain pasó los dedos con suavidad sobre los diversos instrumentos que tenía delante.

El padre Lazarev inspiró bruscamente. Sabía que no sobreviviría a eso. Su propio dolor era una cosa, pero nunca sería capaz de quedarse mirando cómo ese hombre torturaba a su familia.

Falkenhain le dedicó una sonrisa burlona, hasta que el sonido de su teléfono móvil rompió el malévolo silencio. Falkenhain respondió.

—Heinrich. ¿Tiene al sacerdote?

Falkenhain reconoció la voz al otro lado de la línea. Se enderezó y cuadró los hombros.

—Por supuesto. Está sentado justo delante de mí —respondió con presteza.

—Bien. ¿Ha dicho algo?

—Niega todo conocimiento sobre la ciudad. Creo que va a llevar un poco de tiempo sacarle la información —dijo mirando al sacerdote a los ojos—, pero no me cabe duda de que me dirá lo que queremos saber muy pronto.

—Haga lo que crea necesario. Heinrich, sé que no hay nadie mejor que usted, a la hora de hacer entrar en razón a los testarudos. Solo asegúrese de que no muera.

—Eso puede darlo por descontado. Apenas le voy a tocar un pelo de la cabeza. —De nuevo, Falkenhain se quedó mirando al sacerdote ensangrentado.

—Una cosa más. Hay alguien más siguiendo el rastro hasta Rusia, un hombre llamado Tom Wagner. Va de camino a Nizhny Nóvgorod. Sabe lo de Kitezh. Le enviaremos todas las fotos y la información que tenemos. Ya me he cruzado con él antes. No puede permitirse subestimarlo.

—Por supuesto. Me ocuparé de ello —dijo Falkenhain servilmente.

—Llegará pronto. Envíe algunos de sus hombres a que lo vigilen y luego intervengan si se acerca demasiado a nosotros y a nuestros planes.

—Por supuesto.

—Se lo repito: tenga cuidado. No subestime a ese hombre.

Antes de que Falkenhain pudiera decir una palabra más, su interlocutor había colgado.

Falkenhain se guardó el teléfono en el bolsillo y miró al sacerdote con aire ausente.

Pensó en Tom Wagner. No necesitaba ver ningún archivo sobre él.

Sabía quién era y de lo que era capaz. Tenía que ser eliminado.

Aparte de sí mismo, solo conocía a otro hombre en quien confiaría para acabar con Wagner.

Muchos otros ya habían fracasado en el intento.

Pero eso no le ocurriría a él. Él sería quien enviara a Wagner a la tumba.

Él, Heinrich Falkenhain, recogería la recompensa. Él y nadie más.

Volvió a sacar el teléfono, marcó un número y dio órdenes precisas. Sabía muy bien cómo lidiar con su nuevo encargo.