18 RESTAURANTE CACIO E PEPE
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RESTAURANTE CACIO E PEPE
ROMA
«¿A qué venía esa invitación tan críptica?». «¿Quién la enviaba?». «¿Tenía que ver con Kitezh o era otra cosa?» Tom decidió que iría a la plaza de España a las once, tal como se le indicaba, pero que andaría con ojo.
Miró el reloj: pasaban las diez. Sacó el móvil y abrió el programa de mapas.
Había estado en Roma varias veces, pero ni de lejos se orientaba sin ayuda.
La aplicación le indicó que estaba a un kilómetro y medio de la escalinata.
«Un paseíto después de una cena tan fantástica como esta no me vendrá nada mal», pensó mientras salía del restaurante.
Cuando llegó a la fuente que hay al pie de la escalinata de la plaza de España, volvió a mirar la hora.
En unos minutos, obtendría respuestas a sus preguntas.
Al menos eso esperaba. Subió los escalones con cautela, escudriñando la zona a medida que avanzaba.
A pesar de lo tardío de la hora, todavía había innumerables turistas pululando por allí.
En el primer rellano de la luminosa escalinata, se dirigió a la farola de la derecha, que se erguía sobre un pedestal de piedra.
Examinó la elaborada base de hierro fundido de la misma y en la parte inferior, imperceptible a la vista, encontró un móvil de tapa pegado con cinta adhesiva.
En cuanto lo cogió, el teléfono sonó. Sorprendido por la perfecta sincronización, Tom lo abrió y se lo llevó a la oreja. ¿Lo estaba observando alguien?
—Bienvenido, señor Wagner. —A Tom se le encogió el estómago y apretó la mandíbula automáticamente.
El desconocido había pronunciado mal su apellido, pero eso al menos le reveló el primer detalle sobre su misterioso interlocutor.
El hombre hablaba un alemán perfecto, sin acento.
«O es de Hannover o acaba de bajar del escenario del Teatro Nacional», pensó.
Lo ridículo de la idea le hizo sonreír para sus adentros, pero se mantuvo concentrado.
Miró a su alrededor. Decenas de personas estaban sentadas en el borde de la fuente, más abajo, riendo y charlando. Dondequiera que mirara, había turistas, y casi todos hablaban por el móvil. ¿Cuál de ellos sería «su» desconocido? Siguió paseando la vista por la plaza.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó.
—Señor Wagner, un amigo común me ha pedido que le dé un mensaje.
—¿No podía haberlo escrito en la tarjeta?
¿Por qué estamos jugando al gato y al ratón?
—dijo Tom en un tono más cortante. No dejaba de mirar a su alrededor.
Cualquiera que tuviera un móvil en la mano era sospechoso.
Había algo en la invitación que guardaba en el bolsillo que también le inquietaba, aunque no sabía por qué.
—Son medidas de seguridad. Además, se supone que debo entregarle el mensaje en persona —replicó el hombre. Hablaba despacio y de forma sospechosamente deliberada.
—De acuerdo. Aquí estoy. ¿Dónde está usted?
—En el siguiente nivel.
Desde el lugar en el que se encontraba, Tom apenas podía ver nada de los tramos superiores. Subió lentamente los escalones, con una creciente desazón. Se abrió paso entre los turistas, posando la mirada de uno a otro. ¿Quién era su interlocutor?
—El centro. ¿No me ve? —preguntó el desconocido. Sonaba cínico.
De hecho, Tom vio a un individuo con un móvil en la oreja, que le pareció sospechoso. Se dirigió hacia él, pero cuando llegó al centro del rellano, el hombre colgó de repente y abrazó a una chica que se le acercó en ese preciso instante. Segundos después, los dos desaparecieron entre la multitud.
Tom giró sobre sí mismo y el vello de la nuca se le erizó. Bajó la mirada un instante y, de pronto, lo comprendió todo.
23:00. Ninguna persona normal escribiría la hora de esa manera. Era jerga militar. El instinto de Tom se puso en alerta máxima.
—Esto es por Guerra —oyó Tom, y abrió los ojos de par en par.