23 HOTEL PEARL CONTINENTAL
HOTEL PEARL CONTINENTAL
KARACHI, PAKISTÁN
La delicada mano recorrió el cuello de El Galés, amasando los músculos de sus hombros con tanta fuerza que tuvo que apretar los dientes y concentrarse para no gritar de dolor.
Nunca dejaba de asombrarle que unas manos tan finas, pertenecientes a un cuerpo tan menudo y de apariencia frágil, pudieran albergar tanta fuerza.
Había encontrado a la diminuta mujer tailandesa una década antes, en los suburbios de Bangkok, en la zona portuaria de Khlong Toei.
Tenía doce años por aquel entonces y vivía sola entre la miseria y la pobreza, al borde de la inanición.
En aquella época, decidió rescatarla de aquel barrio miserable; siempre había sentido debilidad por las tailandesas, aunque, incluso después de diez años, su nombre sencillamente no se le quedaba grabado en la cabeza.
Con el paso del tiempo, la joven se convirtió en su sirvienta, su amante, su masajista y, a veces, también en su ayudante y consejera.
Casi había terminado con la sesión diaria de dos horas cuando sonó el móvil de El Galés. La mujer interrumpió el masaje diligentemente, cogió el teléfono y miró la pantalla.
—Es importante —dijo ella, en un tono a medio camino entre la observación y la orden. A lo largo de los años, juntos, habían desarrollado una relación única. El Galés suspiró, se incorporó en la camilla de masaje y respondió a la llamada. Mientras él hablaba, ella se puso a trabajar más abajo.
—Espero por su bien que el viejo haya hablado —dijo El Galés.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. El Galés sabía lo que eso significaba. Pasaron unos segundos antes de que su interlocutor se atreviera a responder.
—No, señor. No hemos podido sacarle ni una palabra. Vamos a tener que recurrir a otros métodos. Friedrich es un experto en técnicas especiales de interrogatorio, como usted sabe.
El Galés soltó un leve gemido cuando el masaje empezó a surtir efecto y la sangre fluyó de su cerebro a una parte del cuerpo donde se la necesitaba con más urgencia. El interlocutor ignoró el gemido, como era su deber.
—No. Ese hombre es viejo. No sobreviviría mucho tiempo al tratamiento especial del alemán. Por suerte, tenemos otras opciones para conseguir las respuestas que necesitamos. ¿El plan B va según lo previsto?
—Sí, señor. Todo va tal y como usted lo ha planeado.
—El interlocutor hizo una pausa. Parecía tener la necesidad de armarse de valor antes de formular lo que tenía que decir a continuación—.
Señor, creemos que es imprescindible que esté usted aquí en persona.
Nuestras opciones de comunicación son muy limitadas.
Cuando las cosas se pongan en marcha de verdad, tendremos que tomar decisiones rápidas.
Sería bueno tenerlo aquí para eso. Además, es usted el único capaz de mantener a Friedrich a raya.
El hombre es bueno, pero es una bomba con la mecha muy corta.
El Galés asintió. Su masajista estaba haciendo progresos considerables con sus propias «técnicas especiales» y a él le costaba muchísimo articular una frase completa. Tenía que terminar la llamada lo más rápido posible.
—De acuerdo. Cogeré el próximo avión —dijo y colgó. Bajó la vista hacia la chica y justo había cerrado los ojos para abandonarse por completo al placer final cuando la puerta se abrió de golpe y Qadir, su mano derecha, irrumpió en la habitación.
La joven soltó un chillido y se apartó de un salto, mientras El Galés se cubría a toda prisa con una toalla, aunque esta apenas lograba ocultar la consecuencia del íntimo masaje. No era la primera vez que Qadir presenciara una escena del género, así que la ignoró por completo.
—Sahib, tenemos un gran problema. Tendremos que darnos prisa si queremos sacar el tesoro de Kitezh a salvo.
De repente, El Galés se convirtió en todo oídos.
Como su sirviente y hombre de confianza, Qadir era el único al que le estaba permitido interrumpirle en cualquier momento y lugar.
Solo su fiel confidente tenía la capacidad de juzgar la verdadera urgencia de una situación.
El Galés confiaba en él sin reservas. Qadir le entregó una hoja de papel.
—Las lecturas sismográficas de la zona de Nizhni Nóvgorod. Algo gordo se avecina.
El Galés tardó unos segundos en interpretar los datos. Entonces, saltó de la camilla de masaje como si le hubiera picado un escorpión. La toalla cayó al suelo, pero no le importó. Se volvió hacia la mujer tailandesa. —¿A qué esperas? ¡Haz las maletas! ¡Tenemos que ir a Rusia, y rápido!