16 VIA DEGLI ACQUASPARTA
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VIA DEGLI ACQUASPARTA
ROMA
El mensaje había sido entregado. Ahora solo le quedaba completar sus preparativos. Estuvo estudiando el dosier de su objetivo hasta el último detalle, y sabía que un hombre como Wagner no tendría más remedio que aceptar su invitación.
La misión que el hombre había aceptado era, sin duda, un desafío.
No solo el disparo en sí, sino también el propio objetivo.
Y ahora tenía que contar con un cierto grado de improvisación.
El ataque contra Wagner fue planeado originalmente, para ser ejecutado en Viena, pero entonces Wagner había cogido inesperadamente un avión a Roma.
No obstante, gracias a sus contactos, el Kahle logró organizar todo lo necesario con poca antelación.
Se detuvo en la Via degli Acquasparta y alzó la vista hacia el teatro que tenía delante, el Teatro Tordinona.
El edificio original se había erigido cuatrocientos años antes y, desde entonces, lo habían reconstruido en cuatro ocasiones; su encarnación actual ya contaba con unos buenos ciento cuarenta años a sus espaldas.
El Kahle se deslizó en el histórico edificio por una entrada lateral y subió las escaleras con rapidez y sigilo.
Los ecos amortiguados de la última función de la noche impregnaban los estrechos pasillos.
En la última planta, forzó en silencio la cerradura de la puerta que conducía aún más arriba, al nivel de la azotea.
Llamarlo torre sería una exageración, pero la pequeña estancia con vidrieras emplomadas en todos los lados constituía un nido de francotirador perfecto.
La habitación estaba abandonada y solo se usaba como trastero.
La capa grasienta de suciedad de las ventanas emplomadas hacía casi imposible la visibilidad al exterior.
Algunos de los cristales incluso tenían periódicos pegados.
«Qué lástima», pensó. Las vistas sobre el Tíber hasta el Palacio de Justicia en la otra orilla eran impresionantes.
Dejó la mochila sobre una mesa, sacó la mira telescópica y se dirigió a las ventanas del nordeste.
Solo una tenía bisagras en el centro y la abrió hacia arriba.
Observó a través de la mira, recorriendo la longitud de la Via Condotti, que conducía a uno de los lugares turísticos más conocidos de Roma: la Plaza de España, su objetivo.
«Un tiro complicado», pensó el Kahle. Mil doscientos metros a través de un cañón de edificios que terminaba en una plaza pública abierta.
Callejones cruzados en el medio y las condiciones del viento eran impredecibles.
Pero había tomado sus precauciones y el tiempo estaba de su parte.
No corría ni una brizna de aire. Previamente, recorrió aquella calle de tiendas de lujo y fue colocado algunos pequeños monitores de viento en puntos estratégicos que, en su propia radiofrecuencia, enviaban datos precisos sobre el viento a su calculadora balística.
Arrastró la mesa hasta el centro de la habitación y montó el fusil; luego lo colocó sobre su bípode en el tablero, con la calculadora balística y su teléfono móvil al lado.
Con un cortador de vidrio, extrajo uno de los cristales de la vidriera emplomada para tener a la altura de la mesa una línea de tiro despejada.
Acercó una vieja silla de madera y se sentó.
La pantalla de su teléfono mostraba un punto rojo parpadeante en un mapa de Roma.
Su objetivo ya estaba en camino. La invitación era un truco extravagante, pero también tenía su lado pragmático: dentro del grueso papel, había ocultado un pequeño transmisor GPS.
Podía seguir cada paso que daba su objetivo.
Acopló el cargador y amartilló el arma. Leyó los datos balísticos de la calculadora y ajustó la mira telescópica en consecuencia.
Estaba listo. Acercó el ojo a la mira y, manteniéndose concentrado, miró a través de ella.
El señor Wagner era muy puntual. Tan predecible.
El francotirador cogió su teléfono y presionó el número en la pantalla.