15 CASTILLO SHEREMETEV
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CASTILLO SHEREMETEV
YURINO, RUSIA
El padre Lazarev jadeó cuando, por fin, le quitaron de la cabeza el saco maloliente.
Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba sentado y esposado en una habitación sin ventanas, rodeado de varios hombres armados.
La puerta se abrió y otro hombre armado entró y le puso un plato de comida y una jarra de agua sobre la mesa.
Le quitó las esposas e indicó al sacerdote con un gesto que comiera.
En cuanto terminó de comer, volvieron a esposar al padre Lazarev a la silla.
Momentos después, su secuestrador entró en la habitación y se sentó en otra silla frente a él.
Sin embargo, a diferencia del día anterior, cuando había parecido frío y cruel, ahora el hombre se mostraba afable e incluso amistoso.
—Oye, anciano. Si quieres, te dejaré marchar hoy mismo —dijo.
—¿Dónde estoy? —preguntó el sacerdote.
—Oh, es un lugar encantador. De hecho, no está muy lejos de tu casa.
—¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí? —insistió el padre Lazarev.
—Escucha con atención, viejo. No te hemos traído aquí para responder a tus preguntas, sino para que tú respondas a las nuestras.
Mírame bien, no soy un bárbaro. Permíteme que me presente.
Me llamo Heinrich von Falkenhain y me han encomendado una tarea.
Ahora quiero que sepas que tengo reputación de ser concienzudo y de llevar a cabo hasta el final cualquier encargo que acepte.
Nunca he hecho una excepción, y tú, anciano, no serás el primero.
—¿Qué quiere decir?
—Me revelarás aquí y ahora el secreto que has estado guardando todo este tiempo.
—No tengo ni idea de lo que me habla.
—Hay otra cosa, que deberías saber, viejo. Mi reputación significa mucho para mí. Como te he dicho, cumplo mis encargos sin falta. Pero, tan importante como mi reputación, el respeto mutuo es, también para mí, absolutamente imprescindible. No me tomes por tonto.
Falkenhain se levantó mientras hablaba y, de repente, su fachada afable se desvaneció.
Como activado por un interruptor invisible, su voz se tornó hostil y su expresión, de pronto, salvaje.
Con el rostro como congelado, fulminó con la mirada al padre Lazarev.
No se le movió ni un músculo. No parpadeó.
Se quedó mirando fijamente al sacerdote y esperó.
—De verdad que no…
Sin el más mínimo aviso, el puño derecho del alemán salió disparado y se estrelló contra el rostro del anciano sacerdote.
Este oyó cómo se le rompía la nariz y sintió la sangre correrle por la cara.
Una fracción de segundo después, siguió el puño izquierdo y, a continuación, de nuevo el derecho.
La silla del padre Lazarev se volcó hacia atrás, pero, con las manos atadas, ni siquiera pudo intentar amortiguar la caída.
Se golpeó la nuca contra el suelo de piedra, lo que le abrió una herida, y de inmediato empezó a formarse un charco de sangre.
Dos de los guardias se movieron para enderezar al prisionero, pero Falkenhain los fulminó con la mirada, con un brillo demencial en los ojos, que hizo que ambos hombres se detuvieran en seco.
—¡Kitezh! —bramó Falkenhain, como un animal salvaje, al hombre ensangrentado que yacía en el suelo—. ¡Kitezh!
En ese momento, el padre Lazarev supo que no tenía sentido seguir fingiendo ignorancia.
El psicópata que tenía encima era capaz de cualquier cosa.
El sacerdote estaba dividido, sin saber qué hacer.
Era la única persona viva que conocía el secreto.
Si dejaba que Falkenhain lo matara, se perdería para siempre.
—¡Kitezh! Quiero saber dónde está, viejo. Se acabaron los juegos. Ni uno más.