La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 14 CIUDAD DEL VATICANO
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CIUDAD DEL VATICANO

ROMA

—El aspecto que tenga un restaurante es irrelevante, mon ami. En Roma, se sabe si una trattoria es buena por la cantidad de gente que hay sentada dentro del lugar.

Había pocas cosas que le importaran tanto a François Cloutard como la buena comida y una botella de vino adecuada, excepto, quizás, los objetos antiguos y las obras de arte robadas.

Y ahora que Tom lo había llamado después de su conversación con el papa, Cloutard estaba encantado de compartir con él sus recomendaciones sobre restaurantes de Roma.

—François, no cojo el avión a Nizhni Nóvgorod hasta mañana por la mañana, así que pasaré la noche aquí, en Roma. ¿Conoces alguna pizzería buena?

—Mon Dieu. ¿Una pizzería? Eres un filisteo, Tom. Eres la definición de filisteo de manual. Los italianos no van a comer en las pizzerías. En un restaurante italiano tradicional, ni siquiera sirven pizza. Sirven auténtica comida italiana.

Siguió una diatriba sobre antipasti, pasta, frutti di mare y otras exquisiteces italianas, la mayoría de las cuales Tom era incapaz de pronunciar. Al cabo de unos cinco minutos, Tom consiguió, por fin, interrumpir a Cloutard.

—¡Está bien, está bien! ¡Para! ¿Podrías simplemente mandarme la dirección de un restaurante que me puedas recomendar?

—Naturellement —dijo el francés, como si le hubieran herido en su honor—.

Écoute, Tom, la chose la plus importante est. No debes cenar antes de las nueve de la noche.

A quien ponga un pie en un restaurante antes de esa hora, se le tacha al instante de turista ignorante y le acaban poniendo las sobras que tengan del día anterior.

—Ah. Está bien. No lo sabía. Buen consejo.

—Pues esta es mi recomendación: ve a un restaurante llamado Cacio e Pepe y pide el plato que le da nombre, cacio e pepe, de entrante, seguido de orecchiette pesto pachino pinoli. De secondi, pide los straccetti di manzo al rosmarino; y luego, ricotta e cioccolato de dolci.

—François, ¿de verdad te sabes de memoria los menús de todos los buenos restaurantes de Europa?

—Claro que no. ¡Qué idea más absurda! Por supuesto, también me sé los menús de los mejores establecimientos del norte de África, de Arabia y de Sudamérica. El resto del mundo, en mi opinión, es intragable.

Unos segundos después, el teléfono de Tom sonó con la llegada de un mensaje.

François le había enviado la dirección del Cacio e Pepe y toda su recomendación de comida.

Cloutard sabía perfectamente que, en ese momento, a Tom le costaría recordar siquiera unos espaguetis a la boloñesa.

Sobre todo, porque su amigo tenía la cabeza en otro sitio.

Tom no podía dejar de pensar en la cruz; de hecho, lo había distraído incluso de la supuesta amenaza terrorista.

«¿Qué tenía que ver el abuelo con la cruz de Kítezh?

», «¿por qué estaba la cruz sobre la tumba de San Pedro?

», «¿cómo había llegado hasta allí?». Todas estas preguntas daban vueltas en su cabeza mientras salía de la Ciudad Santa y pasaba junto al edificio cilíndrico del Castel Sant'Angelo, siguiendo el Tíber río arriba.

Estaba tan ensimismado que no se percató del hombre calvo que empezó a seguirlo en la plaza de San Pedro.

El hombre llevaba una mochila bastante grande, pero eso no era raro en un turista.

Siguió a Tom hasta que giró a la izquierda en el Ponte Matteotti y entró en una trattoria no muy lejos de la Piazza Mazzini.

Una hora y media más tarde, el hombre seguía de pie fuera del restaurante. Como es habitual en Roma, incluso a esas horas tardías, las calles seguían llenas de gente, y paró a un niño de unos diez años.

—¿Te gustaría ganar diez euros? —le preguntó el hombre, tiñendo su perfecto italiano con una dosis de rudo dialecto romano.

Al niño le brillaron los ojos y asintió con entusiasmo. —Si, Signore.

El hombre le entregó un billete de diez euros y un sobre.

Señaló al otro lado de la calle. —Hay un tipo sentado ahí, en el Cacio e Pepe.

—Le enseñó el móvil. En la pantalla había una foto de Tom—.

Llévale este sobre, pero no le digas quién te lo ha dado.

Es un viejo amigo mío y le he preparado una gran sorpresa, así que no puedes decirle nada, ¿vale?

El niño asintió, cogió el sobre y los diez euros y cruzó la calle corriendo. El calvo sonrió y miró su reloj. Todavía le quedaba una hora larga. Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia el Tíber, cruzó el río por el Ponte Regina Margherita y continuó, avanzando hacia el sureste.

Mientras tanto, el niño había entrado en el restaurante que estaba abarrotado.

El ruido era tremendo y el ambiente estaba cargado, los camareros corrían de un lado al otro, escabulléndose entre las mesas y la gente cantaba, reía y levantaba sus copas para brindar: una noche típica en un típico restaurante romano.

El niño examinó las mesas hasta que vio a Tom sentado solo en un rincón del fondo, picoteando su pasta y perdido en sus pensamientos.

Lo reconoció de inmediato. Se acercó, dejó el sobre en la mesa y, antes de que Tom se diera cuenta, ya había desaparecido por la puerta.

Tom frunció el ceño. Cogió el sobre con cautela por un borde y lo sostuvo a contraluz. Parecía una carta normal, pero una sensación de inquietud se apoderó de él mientras abría la solapa con cuidado.

Dentro había una tarjeta escrita a mano. El papel era grueso, probablemente caro. En ella, una letra delicada, casi caligráfica, exhibía un mensaje breve pero claro.