13 APOSENTOS PAPALES
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APOSENTOS PAPALES
CIUDAD DEL VATICANO, ROMA
Da Silva negaba con la cabeza. —Usted no va a averiguar nada, Wagner. Está en el Vaticano en calidad de invitado, y si alguien va a abrir una investigación aquí, seré yo. La primera pregunta es: ¿para quién era ese extraño mensaje?
—¿Podría haber sido para Su Beatitud? —intervino el padre Fiódor, el secretario del patriarca.
El patriarca miró a su acompañante con sorpresa, pero luego asintió con benevolencia.
—La Cruz de Kítezh es una de nuestras leyendas más antiguas.
Como ha mencionado el señor Wagner, quizá quien la dejó allí sabía que estaríamos aquí y que visitaríamos la tumba, y la usó para llamar nuestra atención.
—¡Imposible! —interrumpió Da Silva—. Nadie conocía de antemano el itinerario de la visita por el Vaticano, y mucho menos adónde iríamos exactamente. ¡Me juego el honor..., la vida, a que es así!
El patriarca no se inmutó ante el arrebato de Da Silva. —La cuestión es, ¿qué podemos hacer? —dijo.
Todas las miradas se volvieron expectantes hacia el papa.
—Con el debido respeto, Su Santidad —intervino Tom, con la voz inusualmente apagada—, me gustaría mucho hablar a solas con usted.
Sin esperar la respuesta del sumo pontífice, el patriarca se disculpó y salió de la estancia. Su secretario lo siguió en silencio. Da Silva y sor Lucrezia apretaron los dientes, pero, tras un gesto de asentimiento del santo padre, también se marcharon.
—A solas, pero en presencia de Hellen, querrás decir —aclaró el papa señalando la pantalla del portátil de Tom, donde aún se veía el rostro de la muchacha.
Tom asintió. —Desde el primer momento en que vi la cruz, he tenido la sensación de haberla visto antes —dijo.
—¿Por qué no me sorprende? —preguntó el papa con un leve deje de sarcasmo.
Hellen parecía perpleja. —¿Creía que nunca habías oído hablar de Kítezh?
—No, no he oído hablar. Pero sí he visto esa cruz.
Llevo todo este tiempo intentando recordar dónde, y ahora he conseguido rescatar esa memoria.
Mi abuelo me enseñó una vez una foto suya con uno de sus amigos más antiguos.
El hombre era un sacerdote ortodoxo ruso de Nizhni Nóvgorod y en la fotografía sostenía esta misma cruz en las manos.
—Tom sonrió con picardía. Ciertamente, no era la primera vez que conseguía sorprender a Hellen, pero la expresión de asombro del papa no tenía precio.
—¿Qué sugieres, Tom? Ya has visto lo importante que es Kítezh para el patriarca.
Agradecería mucho que pudieras encontrar su ciudad invisible.
Una cosa tengo bien clara: esto es una señal del Todopoderoso —expresó el papa poniéndose de pie de repente con un tono de veneración en su voz.
Tom ya lo había oído hablar así una vez, en la cripta bajo la Sagrada Familia—.
No es casualidad que ambos se encuentren aquí —añadió.
Hellen sonreía de oreja a oreja.
—Muy bien, este es el plan. Hellen, Cloutard y tú vayan a visitar a mi abuelo, a ver qué información le pueden sacar —propuso Tom—.
Tenemos que averiguar todo lo que podamos sobre la cruz y sobre su amigo de la foto.
Yo volaré directamente a Rusia mañana. —¿Cree usted que pueda volar con el patriarca?
—Tom alzó la vista hacia el papa y sonrió de forma inquisitiva.
Luego se dirigió nuevamente a Hellen. —Cuando hayan hablado con el abuelo, vuelen a Nizhni Nóvgorod.
Me reuniré allí con ustedes mañana por la noche.
Parece el lugar más lógico para empezar a buscar.
Hellen asintió y le sonrió a Tom desde la pantalla. —Buscar Kítezh es tan emocionante como el trabajo que nos acaba de encargar Blue Shield.
—Si tú lo dices —repuso Tom, devolviéndole la sonrisa. El sumo pontífice y Tom se despidieron de Hellen y la pantalla se apagó.
—Que Dios te proteja —dijo el santo padre y se santiguó—. Ten cuidado.