11 NECRÓPOLIS DE MAKLI
NECRÓPOLIS DE MAKLI
PAKISTÁN
—¡Maldita sea, tengan cuidado con eso! No son cajas de frutas y vegetales —maldijo EL Galés en urdu, pero aquello apenas surtió efecto en los hombres que trabajaban.
El sol caía a plomo, con casi cincuenta grados en la sombra, y todavía quedaban innumerables cajas por cargar.
El Galés puso los ojos en blanco. Su teléfono por satélite sonó.
—Qadir, por favor, déjales bien claro a estos cabrones que no verán ni una rupia si siguen tratando mis hallazgos de esa manera.
Qadir asintió, levantó su AK-47 y soltó varias ráfagas al aire. Luego les gritó a los hombres con una voz que le habría metido el miedo en el cuerpo al sargento de instrucción más duro de los marines. Los hombres asintieron sumisamente.
—Vaya —se dijo el anciano para sus adentros—, no me digas.
Cogió el Thuraya X5-Touch y respondió a la llamada.
—Lo hemos encontrado, señor.
El Galés se echó hacia atrás y dejó escapar un suspiro de alivio. De repente, todo el botín que había acumulado allí hasta el momento se convirtió en calderilla. Todo palidecía en comparación con el tesoro al que ahora se encontraba un paso más cerca.
—¿La entrada?
—No, señor, la entrada no. Pero sabemos quién tiene el cofre.
El Galés gruñó y estaba a punto de soltar una respuesta furiosa cuando un disparo le hizo dar un respingo.
Miró por encima del hombro. Qadir acababa de matar a uno de los trabajadores: al parecer, el hombre había dejado caer una de las cajas.
Los demás trabajadores miraron horrorizados a Qadir y empezaron a cargar el doble de rápido.
El Galés se encogió de hombros.
—Un hombre menos al que pagar. Me gusta que mis empleados muestren iniciativa para ahorrarme dinero.
—¿Perdón? —dijo la voz al teléfono, confundida.
—A ti no, idiota. Déjate de rodeos, que esto no es un concurso de la televisión. ¿Qué has encontrado?
—Hemos podido rastrear el cofre. Ahora sabemos cuándo y a quién se lo pasó el guardián.
El hombre guardó silencio. El Galés estaba perdiendo la paciencia.
—¡Esto no es una puta novela de misterio! ¡Dame un nombre!
—No se lo va a creer, pero está emparentado con el abuelo de alguien que conocemos bastante bien. Tom Wagner.
El Galés sonrió. Dondequiera que estuviera Wagner, Cloutard no andaría lejos. Y tenía asuntos pendientes con ambos. Tenía que impedir que le volvieran a aguar la fiesta.
—Bien. Apodérate del cofre y deshazte del vejestorio del abuelo de Wagner.
—La conexión es mala, señor. ¿Qué ha dicho de una ópera de Wagner? —preguntó su interlocutor, perplejo.
El Galés estalló.
—Recuérdame que te parta la cara la próxima vez que nos veamos. Ahora, escucha con atención: quiero que mates al abuelo de Tom Wagner. Pégale un tiro, estrangúlalo, hazlo volar por los aires, ahógalo, descuartízalo… lo que más te apetezca. Pero deshazte de él. ¡Y luego tráeme la puta caja!