10 DESPACHO DEL PAPA
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DESPACHO DEL PAPA
CIUDAD DEL VATICANO, ROMA
Cuando todos regresaron al Palacio Apostólico, Tom abrió su MacBook e inició una videollamada. Sostuvo la cruz delante de la cámara.
—¡Dios mío! —exclamó Hellen—. Esto es..., esto es increíble.
—¿Qué es increíble? —preguntó Tom, verbalizando lo que todos los presentes estaban pensando.
El papa, el patriarca, el camarlengo y el séquito del patriarca se morían de curiosidad.
Incluso sor Lucrezia, que acababa de servirles el té a todos y de saludar a Tom con su efusividad habitual, había decidido quedarse.
—Si no fuera absurdo e imposible, diría que lo que sostienes se parece a... —Hellen inspiró hondo —. ¡La Cruz de Kitezh!
Al oír las palabras de Hellen, el patriarca casi se cayó de la silla de la impresión. Palideció visiblemente mientras miraba con los ojos como platos a su secretario, el padre Fjodor. —La Cruz de Kitezh —susurró el patriarca con voz temblorosa.
—¿La cruz de qué? —preguntó Tom, que todavía se devanaba los sesos intentando averiguar por qué la cruz le resultaba tan familiar.
—Es una larga historia. Tendré que verla yo misma —respondió Hellen. Tom tuvo la certeza de que, de haber sido humanamente posible, ella habría atravesado la pantalla para cogerla.
—Hellen, por favor, no me dejes morir en la ignorancia —dijo Tom con impaciencia—. ¿Quién es Kitezh?
—Kitezh no es un quién, Tom. La pregunta debería ser: ¿Qué es Kitezh? —Hellen miró a Tom con una sonrisa, y él supo que había olido sangre.