9 TUMBA DE SAN PEDRO
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TUMBA DE SAN PEDRO
CIUDAD DEL VATICANO, ROMA
Lorenzo y Tom se miraron sorprendidos, y luego ambos se acercaron a la tumba. Justo al lado de la Espada de Pedro, con la que Tom ya estaba más que familiarizado, había un objeto que no debería estar donde yacía. Tom cogió la pieza de aspecto elaborado y la examinó.
De repente, una extraña sensación lo invadió. Sintió como si ya hubiera visto aquel artefacto en alguna parte. Tenía algo que le resultaba extremadamente familiar, pero los pensamientos de Tom fueron bruscamente interrumpidos por Da Silva.
—¡Wagner! —ladró, devolviéndolo a la realidad.
Tom, vacilante, le entregó el objeto al sumo pontífice, para gran disgusto de Da Silva.
«Debería haberse examinado primero», pensó el guardia.
«Para buscar huellas dactilares, explosivos, veneno de contacto…
», solo tres de las cosas que le vinieron inmediatamente a la mente a Da Silva mientras miraba a Tom con desdén.
La intuición de Tom le decía que lo que acababan de encontrar era el comienzo de algo mucho más grande.
¿Por qué si no iba alguien a tomarse tantas molestias y a correr tanto riesgo, si no fuera por algo terriblemente importante?
El papa y el patriarca se quedaron mirando el objeto que el pontífice sostenía en las manos: una cruz ortodoxa de oro, excepcionalmente ornamentada.
El patriarca y quienes lo acompañaban se miraron sorprendidos.
«Es antiguo.» «Antiquísimo, incluso», se percató Tom, y luego sonrió para sus adentros mientras pensaba: «Hellen nunca está cuando se la necesita.»
—¿Cómo ha llegado esto aquí? —gruñó Da Silva a los dos guardias apostados en la entrada de la cripta. Se suponía que debían haber comprobado toda la zona en busca de cualquier cosa inusual o peligrosa antes de que entrara el santo padre.
Uno de los guardias dio un paso al frente. Parecía sinceramente sorprendido. —No estaba ahí cuando revisé la cripta, señor.
Da Silva se puso de inmediato en alerta máxima. Le quitó la cruz de la mano al papa. —Su Santidad, tenemos que hacer que los forenses examinen la cruz. La seguridad de toda la ciudad está en peligro si de la nada empiezan a aparecer objetos extraños en este lugar sagrado.
—¿Un objeto extraño? Eso es una cruz, comandante Da Silva. —La voz del santo padre adquirió de repente un tono de advertencia. Da Silva, instintivamente, bajó la cabeza y se disculpó.
—Su Santidad —dijo Tom—, podríamos consultárselo a Hellen. Si esta cruz tiene alguna importancia histórica, ella la reconocerá —sugirió.
—Tenemos suficientes expertos en el Vaticano.
No creo que necesitemos traer a otro forastero —dijo el comandante Da Silva con desdén.
Wagner estaba intentando pasar por encima de él una vez más.
Pero el sumo pontífice le lanzó a Lorenzo una mirada tan fría que el guardia no se atrevió a decir ni una palabra más.
—Hellen sabrá lo que es con solo un vistazo —prosiguió Tom.
El papa ignoró la mala cara que Da Silva le estaba poniendo a Tom. Asintió pensativo, y dijo: —Hagámoslo a tu manera.