La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 8 CIUDAD DEL VATICANO
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CIUDAD DEL VATICANO

ROMA

Cuando terminaron la misa y el posterior revuelo mediático, el papa llevó a Tom aparte.

—Esta es la primera visita del patriarca a la Ciudad Santa. Me complacería mucho enseñarle algo del Vaticano. Sé que se desvía un poco del programa del día, pero es importante para mí. ¿Puedes encargarte?

—Por supuesto, Su Santidad.

Tom no veía ningún problema de seguridad dentro de las murallas del Vaticano y, hasta el momento, el día había transcurrido con bastante tranquilidad.

No se produjo ni el más mínimo indicio de incidente alguno.

Pero, aunque en todas las entradas a la Ciudad Santa seguía vigente un nivel de alerta elevado y, a pesar de que, al parecer, las advertencias de atentado habían resultado ser falsas, Tom no estaba dispuesto a tomarse su responsabilidad a la ligera.

Insistió en permanecer con el grupo, para gran disgusto de Lorenzo Da Silva.

—Su Santidad... —Empezó a protestar el jefe de la Guardia.

—Gracias por tu paciencia y comprensión, comandante Da Silva. Dios te lo agradecerá infinitamente.

El papa posó una mano con delicadeza sobre el hombro de Lorenzo y el comandante bajó la cabeza con reverencia.

—Gracias, Su Santidad.

Tom se volvió hacia Da Silva y le dio un codazo amistoso en el costado.

—¿Ves? Podemos ser todos amigos. Vamos.

El papa iba a la cabeza, guiando al grupo a través de la Capilla Sixtina, los jardines vaticanos y, de ahí, a la biblioteca.

Tom sonrió para sus adentros, sabiendo que las partes más interesantes de los archivos vaticanos no estaban incluidas en la visita.

Era muy consciente del gran honor que les había sido concedido a Hellen, a Cloutard y a él mismo.

No hacía mucho, cuando pudieron visitar en persona la sección más secreta de dichos archivos.

Al final del recorrido, Su Santidad quiso visitar la tumba de San Pedro, que tenía un significado especial para Tom.

Había guardias suizos apostados a lo largo de toda la ruta.

No se veía ni un solo turista. Tom podía imaginarse fácilmente lo que eso supondría.

Seguramente, en ese mismo instante, habría en Roma cientos de visitantes ante las entradas cerradas, y sin duda los pobres empleados del Vaticano estarían aguantando protestas muy airadas.

Tom sintió cómo su propia emoción crecía a medida que descendían a la necrópolis vaticana.

Al frente del grupo iban el papa y el patriarca, charlando animadamente.

No daban en absoluto la impresión de ser los dos más altos dignatarios de la Iglesia en el mundo; parecían más bien dos viejos amigos con mucho de lo que ponerse al día.

Absortos en su conversación, apenas reparaban en los siglos de historia que los rodeaban.

—Ah, por fin hemos llegado —dijo el papa cuando alcanzaron la tumba de San Pedro. Estaba a punto de decir algo sobre el sepulcro y la cripta cuando se detuvo de repente. Señaló un objeto que había sobre la tumba—. ¿Qué es eso? ¿Qué hace ahí? —preguntó sorprendido.