La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 7 DESPACHO DE LA GUARDIA SUIZA
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7 DESPACHO DE LA GUARDIA SUIZA

DESPACHO DE LA GUARDIA SUIZA

CIUDAD DEL VATICANO, ROMA

—Llega tarde, Wagner —dijo Lorenzo Da Silva con tono irritado.

—¿Cómo voy a llegar tarde, comandante? Literalmente, volé hasta aquí. —Sonrió Tom mientras le tendía la mano para saludarlo, pero Da Silva ignoró el gesto.

Aunque no se conocían en persona, el comandante de la Guardia Suiza no soportaba a Tom.

La razón era simple. Da Silva lo veía como un cuerpo extraño, nada más.

Tom no era suizo y nunca se había entrenado como guardia suizo.

Y, por eso, representaba una ruptura con una tradición que superaba la prueba de los siglos.

Da Silva jamás cuestionaría la palabra del Santo Padre, ni se le pasaría por la cabeza criticarlo, pero le era del todo imposible entender qué veía Su Santidad en ese tipo.

—Todos los hombres están en sus puestos. Saben lo que tienen que hacer. Pero usted ni siquiera ha podido llegar a tiempo para la reunión informativa. —Da Silva prácticamente escupió las palabras.

—Tranquilo, Lorenzo. He recibido órdenes de la mismísima cúpula.

El propio papa me ha dicho todo lo que necesito saber.

También me ha puesto brevemente en contacto con el jefe del equipo de seguridad del patriarca.

Estoy al día y listo para empezar. Así que, dígame, ¿dónde está ahora nuestra Doble “P”?

—¿Doble “P”? —preguntó Da Silva, con un tono aún más glacial que antes.

El hecho de que el papa hubiera pasado por encima de su persona y llamara a Wagner personalmente era una afrenta que caldeaba su constitución suiza, por lo demás fría y calculadora, hasta el punto de ebullición.

Él era el comandante de la Guardia Suiza, maldi…

Da Silva casi maldijo para sus adentros, pero se contuvo a tiempo.

—¡Si, los dos P! P y P. Papa y Patriarca. —Tom le dedicó al guardia suizo una sonrisa con picardía.

Da Silva puso los ojos en blanco. —Cirilo II, patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa, ha venido desde Rusia para tratar con el papa una serie de asuntos ecuménicos importantes.

Después, celebrarán juntos una misa ecuménica.

Dadas las amenazas terroristas que hemos recibido, estamos en el máximo nivel de alerta.

Tom asintió. Se tomaba la vida con la suficiente dosis de naturalidad y ligereza posible la mayor parte del tiempo y no tenía ningún problema en ponerse en peligro, pero también era un profesional y sabía cuándo llegaba el momento de dejarse de tonterías.

Tenía un trabajo que hacer. Sin esperar a Da Silva, se encaminó hacia los aposentos papales.

El papa Sixto VI se notaba complacido y sonrió al ver a Tom, que de inmediato se arrodilló y besó el Anillo del Pescador en la mano del pontífice.

Dejando a un lado la etiqueta, el papa le dio una cálida palmada en el hombro.

—Espero que Da Silva no haya sido demasiado duro con usted.

Es un buen hombre, aunque, a veces, su ego tiende a interponerse en su camino.

Pero, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?

El papa negó enérgicamente con la cabeza y una sonrisa brilló en su rostro. Tom también sonrió. Le gustaba mucho aquel anciano sabio. Y el trato que le dispensaba Da Silva era un camino de rosas comparado con el del coronel Maierhofer, su antiguo comandante en la unidad de élite austriaca Cobra.

Juntos, salieron de los aposentos papales del tercer piso y descendieron a una planta inferior. Allí, en la Segunda Logia del Palacio Apostólico, el papa recibió al patriarca y su séquito.