39. A tiempo
Los dos policías entraron en el cuarto y vieron a un hombre inconsciente y a otro gigantesco que estaba estrangulando a una mujer.
—¡Alto, levante los brazos! —gritó uno de los agentes.
El asesino no le hizo caso. La mujer estaba casi muerta. Al menos se vengaría por última vez de todas esas putas.
La policía le disparó en el hombro y La Bestia soltó el cuello de su víctima y se giró.
Los dos temieron que se abalanzara sobre ellos, pero la mujer le clavó algo por la espalda y el gigante se desplomó.
Los policías le pusieron las esposas a la espalda y llamaron a una ambulancia.
Jorge recuperó la consciencia y la agente intentó reanimarlo.
—Estoy bien —dijo mientras se ponía en pie.
Notaba un fuerte dolor en la garganta y tenía el cuerpo dolorido, pero aparte de eso no presentaba ninguna herida grave.
La ambulancia se llevó al asesino custodiado por la policía, mientras unos sanitarios atendían a la nigeriana.
Jorge salió del sótano y se espabiló al sentir el aire fresco del jardín. Vio a una mujer rubia; su rostro parecía ausente, como si no pudiera asimilar lo sucedido.
Mientras abandonaba el jardín vio las llamadas perdidas. Pensó que serían de Nazia.
Mientras marcaba su número, cruzó la calle y estaba a punto de subir a su coche cuando unas manos lo agarraron por la espalda y lo introdujeron en una furgoneta. Alguien le inyectó un relajante en el cuello y se quedó profundamente dormido.