37. Velocidad
Adewale estaba dispuesto a todo. Había dejado la universidad muy joven y había traicionado todos los valores de su familia. No quería terminar a sus cuarenta años en una cárcel de España y salir con casi cincuenta.
El Mercedes corría a tanta velocidad que los coches de policía apenas podían darle alcance.
A esas horas todavía no había mucha circulación.
Seguía siendo noche cerrada y el nigeriano sabía que, si lograba llegar a la Ronda de Dalt, podría salir de la ciudad y dirigirse hacia Francia.
Allí conocía gente; le proporcionarían una nueva identidad y se escondería hasta que las cosas se calmaran.
Uno de los coches de policía comenzó a aproximarse, pero cuando intentó rebasarlo, lo embistió y provocó que se estrellara contra una farola.
—Ahora solo quedas tú —dijo mientras observaba al otro vehículo por el retrovisor.
El coche que quedaba pidió refuerzos y que controlaran el paso del nigeriano antes de que entrara en la Ronda de Dalt.
Adewale ya estaba relamiéndose por la victoria cuando vio que dos coches le bloqueaban la entrada a la ronda.
El nigeriano apretó el acelerador. Prefería estrellarse antes que detenerse.
—¡A ver quién tiene más huevos! —gritó mientras pisaba a fondo.
Los policías, al ver lo que estaba haciendo, se echaron a un lado. El Mercedes golpeó a los dos coches y pasó entre ellos.
Estaba entrando en la ronda cuando escuchó cómo una de las ruedas reventaba.
Siguió adelante. Ya intentaría robar otro coche para huir a Francia, pero no podía permitir que lo atraparan.
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La policía paró frente a la casa de La Bestia, pero no vio nada sospechoso e informó a la central. Desde allí les ordenaron que llamaran a la puerta.
Nadie contestó al principio, pero terminó saliendo una despampanante mujer rubia con una bata de seda dorada.
—¿Qué sucede, agentes?
Los policías se miraron sorprendidos.
—¿Dónde está su esposo? —preguntó la agente.
—No lo sé. Cuando me fui a dormir estaba a mi lado. A veces se va al cuarto de aperos; abajo tiene un sótano en el que toca música.
—¿Podemos pasar? Es algo grave —le dijo la policía.
—Sí, claro, pero no despierten a mis niños.
Los dos agentes entraron. Todo parecía en calma. Después se acercaron al jardín trasero y la mujer les señaló la caseta.
—Es allí.
Los policías se acercaron y abrieron la puerta, pero no encontraron nada.
—Bueno, señora, perdone la molestia —dijo el hombre.
—No se preocupen, si es por nuestra seguridad.
Estaban cerrando la puerta cuando escucharon unos ruidos que provenían de una trampilla. Los tres se miraron y la mujer se agachó para abrirla. Entonces los golpes se oyeron con mucha más claridad.
Los agentes sacaron las armas y pidieron refuerzos.
Mientras esperaban, no podían dejar de temblar. Su jefe les había advertido de que el dueño de la casa podía ser muy peligroso.