36. Angustia
Nazia había avisado a su jefe, pero estaba desbordado. En ese momento estaban realizando una operación contra los nigerianos y, aunque le prometió que enviaría un par de patrullas, temía que no llegaran a tiempo.
Intentó incorporarse, pero le dolía todo el cuerpo, así que volvió a llamar a Jorge.
—¡Mierda, cógelo! —exclamó desesperada.
La tensión volvió a disparársele y las máquinas que controlaban sus constantes vitales comenzaron a pitar.
—Tranquilícese, por favor —le dijo la auxiliar mientras llamaba a la doctora.
Llegó la médica de guardia y, al ver tan alterada a la mujer, le inyectó un calmante en el suero. Esta se relajó casi de inmediato.
—Tienen que ayudar a mi...
No terminó la frase. Comenzó a adormecerse poco a poco hasta que perdió el conocimiento.
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La Bestia se dio la vuelta y tomó a la mujer del cuello con una sola mano.
—¡Hija de puta! —le gritó mientras comenzaba a estrangularla.
Ella intentó clavarle de nuevo el punzón, pero él la mantenía a distancia.
Jorge se puso en pie mientras se sujetaba el dolorido cuello. Le golpeó con los puños sobre las heridas y el asesino se encogió de dolor.
—¡Suéltala! Esto se ha acabado. ¿Me has oído?
Chioma sentía cómo se le iba la vida. Sus ojos se nublaban y lo único que deseaba en aquel momento era abandonar este mundo para siempre.