35. Nigeria
Las puertas del jardín cedieron enseguida bajo el ariete; los GEO entraron por la parte delantera y se dividieron en varios grupos.
En unos segundos tenían todo el perímetro cubierto.
El grupo principal derribó la puerta, mientras otros dos accedían por las ventanas.
Los disparos comenzaron enseguida. Los nigerianos empezaron a usar sus armas largas y los policías se refugiaron tras los muebles o al otro lado de las paredes.
—¡Joder! Nos estaban esperando —dijo el sargento.
En esos casos el factor sorpresa era muy importante.
—¡Disparad! —gritó el sargento, y los policías comenzaron a responder al fuego de los nigerianos.
Durante unos minutos todo fue confusión, pero cuando cayó el primero de los matones, Adewale buscó la manera de escapar.
Fue hacia el garaje. El camino aún estaba despejado. Se subió a su inmenso Mercedes todoterreno, abrió la puerta del garaje y, cuando estaba a punto de salir, vio a los policías que le apuntaban con sus fusiles.
El mafioso se agachó y pisó el acelerador. El parabrisas reventó por los disparos y varios fragmentos de cristal le cortaron la cara.
—¡Hijos de la gran puta! —gritó en un perfecto español.
Después hundió el pie en el acelerador y arrolló a dos policías. El coche chocó contra la verja, pero logró derribarla. La arrastró varios metros hasta que giró y comenzó a escapar cuesta abajo.
—¡A todas las unidades! Un Mercedes blanco se da a la fuga con el jefe de la banda. El conductor es muy peligroso. ¡Extremen las precauciones!