34. La casa de la muerte
Jorge intentó abrir el pomo despacio; quería que al menos le quedase el efecto sorpresa.
La puerta se abrió muy lentamente y entonces observó la habitación. Era más amplia de lo que había imaginado, como si alguien hubiera enterrado un enorme contenedor.
Sobre una mesa había una mujer negra tumbada. Estaba intentando zafarse, mientras un hombre enorme, sin camiseta y con una máscara de demonio, le sujetaba las muñecas.
Jorge no tenía ningún arma y aquel hombre era enorme, pero tomó rápidamente una bandeja metálica de una mesa y se la estampó en la cabeza.
El tipo apenas se inmutó. Se dio la vuelta y lo miró fijamente. Sus ojos claros brillaban a través de la máscara.
—¿Quién coño eres tú?
El periodista volvió a golpearlo, esta vez en la cara.
—¡Mierda!
Le brotó sangre del labio, pero La Bestia siguió en pie y se abalanzó sobre el periodista. Lo levantó con ambas manos y lo estampó contra la pared mientras comenzaba a estrangularlo.
Jorge estaba perdiendo el aire. Su mente comenzaba a nublarse. Intentaba apartar las manos del asesino de su cuello, pero apenas lograba moverle un dedo.
Al final le dio una patada en los huevos, pero La Bestia solo emitió un pequeño gemido.
Chioma se incorporó sobre la mesa, buscó el cuchillo que había guardado y se lo clavó una vez en los riñones.
Por primera vez el asesino se quejó. Ella volvió a hundirle el cuchillo y, por fin, soltó al periodista y lo dejó caer al suelo.