La ciudad del mar (Crímenes de Barcelona 3) 33. Arma
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33. Arma

La Bestia se lo pensó mejor. Quería hacer algo diferente, algo que captara de verdad la atención de la audiencia. No sabía si sería su última obra de arte.

—Creo que voy a hacer algo distinto contigo, ahora que el agua caliente te ha suavizado la piel.

Chioma comenzó a temblar de nuevo.

—Te voy a desollar viva y me quedaré con tu piel como trofeo. Algunas culturas del Caribe les quitaban la piel a sus víctimas y así poseían su alma.

El hombre retiró la mordaza de su víctima.

—Deja que me vaya. No sé dónde estoy, no sé nada de ti, ni siquiera he visto tu cara.

—No has entendido nada, ¿verdad? Lo único que me mantiene con vida es esto. Durante todo el día, cada semana, espero las mutilaciones y las torturas como un niño espera sus regalos de Navidad.

—Seguro que puedes superar esto. El único que puede meterte esas ideas en la cabeza es el diablo.

El hombre sonrió. Tenía los dientes perfectos, como los de un actor de cine.

—Desde niño he sentido esta atracción.

—¿Tu madre practicaba la brujería?

—Mi madre era una zorra —contestó furioso, como si al escuchar su nombre algo se hubiera despertado en él.

—¿Has practicado algún tipo de brujería?

La Bestia recordó cómo siempre le había atraído lo oculto, prácticamente desde niño. Había leído mucho sobre aquellos temas e incluso alguna vez había invocado a los espíritus, pero eso había sucedido hacía mucho tiempo.

—Creo que tú estás más loca que yo.

El hombre le soltó las manos para atarla a la mesa, pero ella aprovechó para zafarse.

—¡Te reprendo en el poderoso nombre de Cristo!

El asesino se echó a reír, pero cuando ella volvió a pronunciar aquellas palabras sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

Tenía el cuerpo completamente paralizado, como si una fuerza poderosa le estuviera impidiendo moverse.