31. Me llamo Muerte
Nazia se despertó en el hospital. Miró a su alrededor y apenas recordaba nada.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz débil.
—En observación. Ha tenido un accidente muy grave —le contestó una auxiliar que estaba colocando sus cosas.
—¿Qué le ha pasado a mi compañero?
—No lo sé —respondió la mujer. Después se acercó a la cama y le dio la mano.
La policía comenzó a llorar y recordó lo sucedido.
Primero, el tiempo que habían pasado esperando al asesino frente a la casa de los nigerianos; después, la persecución en coche y, de repente, un impacto tremendo en el lateral, justo al lado de su compañero.
Si no hubiera estado conduciendo en ese momento, estaría muerta.
A partir de ahí todo era confuso y lo veía como a través de una nebulosa. El último recuerdo que tenía era el de Jorge. Lo que no entendía era por qué aparecía en sus recuerdos y qué hacía junto al coche. Entonces recordó que le había dado la matrícula.
—¿Me puede prestar un teléfono? Tengo que hacer una llamada urgente.
La auxiliar le tendió el suyo.
—No puedo marcar —dijo mientras intentaba mover la mano—. ¿Puede hacerlo usted?
Después le dictó el número y la auxiliar realizó la llamada. Luego le acercó el teléfono al oído.
Nazia escuchó el tono, pero nadie contestaba.
—¿Puede marcarme otro número?
Le dictó el de su jefe. Tenía que avisarle para que fuera de inmediato a la casa del asesino antes de que fuera demasiado tarde y le ocurriera algo a su novio.