30. Dudas
Jorge no era ningún héroe y lo sabía. Miró la fachada del edificio, una casa de tres alturas muy cara en una buena zona de la ciudad, y después observó la calle solitaria.
¿Cómo iba a entrar allí? ¿Con qué excusa?
Lo único que podía hacer era saltar la valla, rezando para que no tuviera alarma perimetral, y entrar en la casa.
Una misión casi imposible, a no ser que hubiera alguna ventana abierta.
Pero ahí no acababa su misión, tendría que registrar la vivienda, dar con un asesino, reducirlo y llamar a la policía.
Se lo pensó dos veces antes de salir del coche.
Estaba preocupado por Nazia; además, no sabía si publicarían el artículo al día siguiente. Tenía la sensación de que todo se había salido de control y de que lo único que podía intentar era ayudar a su novia, aunque fuera de una forma tan desesperada.
Miró la valla y buscó el lugar por el que resultaba más fácil saltarla. Se encaramó a un árbol y comprobó que no hubiera ningún perro suelto. No vio cámaras ni sensores.
Había buscado el perfil del hombre. Era un profesor de F ilosofía que parecía muy normal, atractivo y seguramente carismático, pero no destacaba por nada especial. Su mujer era una importante ejecutiva de una empresa de energía, lo que permitía que el hombre pudiera darse ese estilo de vida.
Al final se encaramó a la valla, logró saltar al otro lado sin romperse la crisma y avanzó por el jardín. La noche era calurosa y varias de las ventanas estaban en posición oscilobatiente. Intentó abrir una, pero no lo consiguió.
Se acercó a la puerta de la cocina y comprobó que no se había cerrado bien.
Entró en la casa e intentó pensar como el asesino. Sin duda, si había alguna habitación secreta, se encontraría en el sótano.
Buscó las escaleras, dio con ellas y encendió la linterna del teléfono. Antes de bajar envió su ubicación a Nazia y también a Helena.
Descendió los escalones con cautela. Entonces vio un sótano amplio, pero que parecía completamente normal.
—Aquí no es —se dijo.
Salió de la casa y miró confundido hacia el jardín. Allí había una caseta grande, posiblemente para guardar aperos y la maquinaria de la piscina.
Se dirigió a la puerta y la abrió. Entonces se dio cuenta de que había una trampilla. La levantó y vio unas escaleras y un corto pasillo.
—¡Joder! —exclamó mientras bajaba.
Tenía la sensación de estar entrando en su propia tumba.