29. Soledad
Chioma intentaba calmarse, aunque sabía que estaba muy cerca de sufrir la peor de las torturas. Al final, logró orar y su alma comenzó a sosegarse.
—¡Dios mío, sácame de este trance oscuro! —suplicó, repitiendo un viejo himno que había aprendido de niña.
Respiró hondo y sacó el arma que tenía guardada.
Sabía que Adewale y sus hombres pretendían escapar a Nigeria; unas horas más y las habrían dejado tranquilas. A esas alturas estaría en la casa, a punto de ser liberada por la policía.
Se preguntó por qué Dios permitía algo así y se dio cuenta de que, si lograba acabar con aquel hombre, ya no haría daño a más gente.
Intentó varias veces ponerse en el lugar del asesino, imaginar cómo podría hacerle frente, aunque sabía que, cuando llegara el momento, tendría que improvisar.
Al final se quedó dormida de puro agotamiento. Imaginaba que aquella noche La Bestia no intentaría nada, pero estaba muy equivocada.
Escuchó ruidos en la escalera, se incorporó y sujetó con fuerza el punzón.
Los pasos se detuvieron justo en la entrada. Vio cómo una tenue luz se filtraba por la rendija de la puerta. Su corazón se aceleró de repente.
—¡Dios mío, guárdame del mal!
La puerta se abrió y el rostro del asesino quedó entre sombras, aunque siempre llevaba su máscara y de nada le habría servido observar aquel semblante demoníaco.
—Bueno, creo que voy a terminar el trabajo. Puede que durante un tiempo no pueda hacer mucho.
La mujer, que sabía español, le preguntó:
—¿Por qué hace todo esto?
El hombre no respondió. Un cazador no habla con sus presas, simplemente las sacrifica, ya sea para contactar con los dioses o para saciar sus instintos.
—¡Mujer, prepárate para morir!