28. Casa
Aquella noche era una de las más extrañas que había vivido. Cuando llegó a su apartamento, se preocupó al ver que Nazia no estaba y no le cogía el teléfono. Tenían un localizador y comprobó que se encontraba cerca de una zona de San Ginés de Agudells.
No sabía si esperar o ir a buscarla, porque lo más extraño de todo era que la señal permanecía detenida.
En coche no tardaría nada a esas horas, así que al final se decidió a salir.
Mientras se dirigía al lugar no dejaba de sentir que las cosas iban mal. Le invadía una mezcla de ansiedad y temor.
Se acercó a la calle desde la que procedía la señal y vio un coche volcado en la acera, otro abollado y varios curiosos que se aproximaban.
Salió de su coche a toda velocidad y corrió hasta el vehículo accidentado. Entonces se dio cuenta de que era el que usaban Nazia y Blas.
Apartó a la gente y vio que el hombre tenía la cabeza destrozada contra el cristal y que, por la posición en la que estaba, parecía muerto.
—¡Llamen a una ambulancia!
—Ya está de camino —contestó una mujer.
Miró la cara amoratada de Nazia; apenas lograba reconocerla. No quería tocarla por si tenía lesiones graves.
—Tienes que ir tú —le dijo con la voz entrecortada.
—No hagas esfuerzos, la ambulancia está en camino.
—Va a matar a la chica. Esta es su matrícula.
Su novia le entregó el papel.
—Se lo diré a tus compañeros.
—No, ve ahora mismo. La va a matar.
La ambulancia llegó con las luces parpadeantes y los apartó a todos.
Colocaron un collarín a Nazia y la subieron a la camilla. Él le agarró la mano durante unos segundos y después vio cómo la introducían en la ambulancia y se alejaba en la distancia.
Pensó si merecía la pena buscar el coche y a su dueño o pasarle la información a la policía. Al final, regresó a su vehículo y localizó la dirección gracias a una aplicación que tenía como periodista. Después se aferró al volante y decidió resolver aquello esa misma noche.