26. El ruso
Cuando Jorge y Helena salieron de la casa del ruso, no podían creer la bomba que llevaban entre manos. En el pendrive había información suficiente para hacer caer a un gobierno, lo que les obligaba a replantearse quién estaba realmente detrás de las muertes de los dos políticos.
Mientras regresaban a Barcelona en coche, Helena no dejaba de hablar.
—Tenemos que escribir durante toda la noche y publicar el artículo mañana mismo.
—Bueno, puede que sea mejor analizar primero lo que hay en el pendrive y contrastarlo.
La mujer lo miró con los ojos desorbitados.
—Ni hablar. ¿No te has dado cuenta de que nuestras vidas están en peligro?
—Ya, pero puede que todo sea un invento y que, en realidad, sea falso.
—Ya has oído lo que ha contado el ruso sobre el dinero de PDVSA, la presidenta venezolana y la ayuda rusa para desestabilizar al anterior gobierno.
Mientras se adentraban en las afueras de la ciudad, Jorge no dejaba de darle vueltas a todo lo sucedido.
—Hay algo que no me encaja. Estábamos investigando a unos políticos independentistas corruptos, pero ahora todo parece apuntar al Gobierno de la nación.
—¿Qué insinúas?
—¿Y si todo es una trampa?
La mujer lo miró con expresión grave.
—¿En qué sentido?
—Los rusos quieren volver a desestabilizar el país, ocultar sus actividades del pasado y proteger a sus socios independentistas para que tengan una nueva oportunidad.
—Es la idea más disparatada que he escuchado jamás.
Llegaron a la redacción y aparcaron.
—¿Qué vas a hacer? Si no lo escribes conmigo, lo haré sola.
Jorge negó con la cabeza.
—He copiado los datos a mi ordenador. Los examinaré, los contrastaré y después escribiré el artículo. Tú haz lo que quieras.
El hombre se bajó del coche, tomó un taxi y se dirigió a su casa.
Helena permaneció unos segundos junto al vehículo. Su rostro reflejaba decepción y rabia por la actitud de su compañero.
Pulsó el botón del ascensor, pero no funcionaba, así que decidió subir a pie los doce pisos.
Había alcanzado la novena planta cuando escuchó unos pasos a su espalda. Se giró, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
Un hombre la empujó.
Helena cayó por el hueco de la escalera.
Los escasos segundos que tardó en precipitarse al vacío no le permitieron pensar en nada. Solo sintió el miedo y la angustia de comprender que todo había terminado para siempre.