24. Misterios
Jorge intentó contactar con Nazia, pero no le cogía el teléfono. No volvió a insistir. Tenían que hablar con Nicolai Markov lo antes posible.
Helena fue a buscar su coche mientras él recogía algunas cosas de su apartamento. El empresario ruso vivía desde hacía unos años en Mataró y se estaba haciendo muy tarde.
Jorge escuchó el telefonillo de su casa y miró por la cámara. Era su compañera.
—¿Bajas?
—¿No será mejor que vayamos mañana? Puede que cuando lleguemos no quiera abrirnos la puerta.
Helena se enfadó, frunció el ceño y le respondió:
—¿No entiendes que estamos en peligro? No estaremos a salvo hasta que publiquemos todo, y las claves las tiene el ruso.
Jorge dio un largo suspiro, tomó la mochila, escribió una nota para Nazia y la pegó en la nevera. Se marchó dando un portazo.
La mujer le esperaba en su despampanante descapotable. Jorge dejó la mochila en el asiento trasero y Helena pisó el acelerador. Estaban a algo más de treinta kilómetros de distancia y, a aquella hora, el tráfico comenzaba a disminuir.
—Llegaremos lo antes posible.
Jorge contempló el paisaje salpicado de polígonos industriales. Apenas quedaban espacios abiertos entre las dos localidades.
Cuando llegaron a Mataró, el coche comenzó a ascender alejándose de la costa. Diez minutos después aparcaron frente a la valla de una propiedad apartada del resto. Ya era casi de noche y apenas había iluminación.
Llamaron al telefonillo y se escuchó una voz de mujer.
—El señor no recibe visitas tan tarde —dijo la criada.
—Es un asunto muy urgente que no puede esperar. Dígale que venimos de parte de Joan Serra.
—Un momento.
La espera se les hizo interminable, pero al final escucharon el chasquido de la cerradura eléctrica y entraron a pie. Cruzaron el jardín y llegaron a una inmensa villa con un pórtico monumental en la entrada.
Una mujer con cofia les abrió la puerta y los condujo hasta un salón.
—Esperen aquí.
Cinco minutos más tarde apareció un hombre de unos sesenta años, completamente calvo y con una espesa barba blanca.
—¿Qué es lo que quieren a estas horas tan intempestivas? —preguntó con un marcado acento ruso.
—Es urgente. Perdone que nos presentemos así —contestó Jorge.
—Ustedes dirán —comentó mientras se acomodaba en un sillón orejero.
Jorge le resumió la situación y el hombre apenas mostró emoción alguna.
—No sé qué tiene todo eso que ver conmigo.
—Están eliminando a todos los que tienen pruebas o saben lo que ocurrió en aquellos días.
Por primera vez el ruso mostró un gesto de fastidio.
—Cuando ayudé a los independentistas pensé que eran gente seria. Conseguí que se reunieran con ciertas personas importantes en Moscú y que recibieran financiación para el referéndum y para organizarse como país después de la votación. Mi esposa era catalana y mis hijos han nacido aquí.
—¿Tiene los datos de las personas implicadas? ¿Ha guardado documentos o grabaciones? —preguntó Helena.
—Bueno, siempre conviene tomar ciertas precauciones para asegurarse de que nadie te traiciona. Todo eso lo guardo a buen recaudo en una caja de seguridad de un banco de Andorra, por si algún día me ocurre algo.
—Han matado a dos personas. Puede que a tres si Joan Serra no sobrevive —dijo Helena indignada.
—Esos archivos son mi seguro de vida.
—Aunque no nos entregue los originales, tendrá copias. ¿Verdad?
Nicolai titubeó.
—¿Y qué gano yo si todo eso sale a la luz?
—Lo mismo que nosotros: seguridad. No se atreverán a asesinarlo y hacerlo pasar por un accidente. Además, todos ellos acabarán en la cárcel.
Las palabras de Helena no terminaron de convencerlo.
—Ya sé cómo funciona la justicia aquí. Es lenta, muy lenta. Además, luego llega el gobierno de turno y concede indultos.
—Le aseguro que su vida corre peligro si no nos entrega esos archivos.
El ruso se puso en pie.
—Los agentes de los servicios secretos de mi país podrían quedar expuestos.
—Solo publicaremos información relacionada con España —le aseguró Jorge.
El hombre se dirigió a un escritorio y tomó asiento. Introdujo un pendrive en el ordenador y copió varios archivos. Después lo retiró y se lo entregó.
—Esto es una bomba. Puede hacer saltar por los aires a varios políticos muy conocidos e incluso poner en aprietos al Gobierno central.
—¿Por qué? —preguntó Helena.
—Porque después de todo el despliegue de aquellos años y de las acusaciones de sedición de 2019, se ocultó información que habría llevado a muchos más dirigentes a prisión. El partido que estaba en el poder recibió ayuda de mi país y también de otro aliado.
Los dos se quedaron sin palabras mientras el ruso comenzaba a relatarles el resto de la historia.