23. La lista
Jorge estaba a punto de salir del edificio con Helena cuando escucharon un ruido junto a la puerta. Se asustaron. No debían estar allí y, que ellos supieran, no había ninguna otra salida.
Entonces comenzaron a percibir olor a humo. Jorge abrió la puerta y una nube negra y espesa invadía ya el pasillo. Lo único que podían hacer era subir por las escaleras e intentar escapar por alguna ventana.
Se taparon la cara con las chaquetas y corrieron hacia la escalera. Las llamas ya comenzaban a devorar la entrada y apenas lograron alcanzar los primeros peldaños. Empezaron a subir mientras notaban cómo les faltaba el aire.
El humo era tan espeso que apenas podían ver. Las dos primeras puertas estaban cerradas con llave y la siguiente no tenía ninguna salida al exterior. Al final subieron otro piso más, hasta la buhardilla.
Era un espacio de techos altos y, a un lado, distinguieron lo que parecía una trampilla. Cuando la abrieron, vieron el cielo que comenzaba a oscurecerse y pudieron dar una profunda bocanada de aire.
Primero salió Jorge y después ayudó a su compañera. Ambos comenzaron a toser hasta recuperar el aliento.
En aquella zona el tejado era más plano. Al otro lado vieron una especie de valla rematada con puntas de lanza que daba acceso a una terraza vecina.
—No voy a poder saltar al otro lado —dijo Helena.
—Te ayudaré. Estos edificios antiguos tienen vigas de madera y puede que todo esto colapse cuando el fuego avance por las paredes.
La mujer apoyó un pie en las manos de Jorge, utilizándolas como estribo, y logró impulsarse al otro lado. Cayó al suelo con fuerza, pero no parecía haberse hecho daño.
Jorge notó entonces que la superficie comenzaba a moverse bajo sus pies. Dio un salto y se agarró a la valla, pero quedó colgado en el aire justo cuando el tejado empezaba a ceder bajo él.
_________________________
Marco Casals recibió el mensaje y se quedó más tranquilo.
Joan Serra estaba en el hospital en estado crítico, su casa era ahora pasto de las llamas y, por lo que sabía, los dos malditos periodistas se encontraban dentro.
No era un asesino ni disfrutaba especialmente de todo aquello, pero estaba convencido de que el futuro de la república descansaba sobre sus hombros.
Siempre había sospechado que Joan guardaba la lista con los nombres, las cantidades, las fechas y los bancos, pero ahora ya nada de eso importaba. Si estaba en la casa, sería consumida por el fuego y no quedaría ninguna prueba contra ellos.
El secretario entró en su despacho. Trabajar en la Diputación de Girona era una especie de burla macabra. Habían perdido las últimas elecciones después de todo lo que habían hecho por su país. Ese era el perverso juego de la democracia.
Marco tenía que avisar al resto para que estuvieran preparados ante cualquier problema. Ahora que habían caído Pasqual y Jordi Manzanas, nadie más se atrevería a enfrentarse a ellos.
El hombre dejó del despacho y salió al aparcamiento. Se subió a su Porsche y, unos minutos más tarde, se encontraba en su masía a las afueras de Girona.
Marco se preparó una copa y consultó las noticias en la tableta.
No era un sádico, pero disfrutó viendo las imágenes del coche aplastado de Jordi Manzanas. Aquel hijo de puta ya no iba a volver a molestarles nunca más.