La ciudad del mar (Crímenes de Barcelona 3) 22. En la casa
54%

22. En la casa

Nazia y Blas llegaron frente a la casa y llamaron al timbre. No tardó en aparecer un hombre negro gigantesco que los observó con desconfianza.

—Hola. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Somos inspectores de la Policía Local de Barcelona.

El hombre examinó las identificaciones.

—Ustedes dirán.

Les sorprendió la educación del proxeneta, pero la mayoría de los miembros de aquella organización habían sido reclutados en ambientes universitarios y procedían de familias acomodadas.

—Queremos preguntarle por esta mujer —dijo Nazia, enseñándole la fotografía del cadáver de la nigeriana. Quería comprobar cuál era la reacción de aquel hombre.

Ni siquiera pestañeó. Se limitó a observar la imagen y negar con la cabeza.

—Solo veo un cuerpo destrozado. Es imposible reconocer a nadie.

—En eso tiene razón —añadió Blas—. Sabemos que no estáis haciendo esto a vuestras chicas. Sois salvajes e inhumanos, pero no tanto. Si no colaboráis, os convertiréis en cómplices. ¿Lo has entendido?

—No la conozco, inspector.

—Los tatuajes son de vuestra banda, ¿verdad?

—Yo no pertenezco a ninguna banda, inspectora. Nos dedicamos al negocio de la importación y la exportación.

Nazia comenzaba a perder la paciencia.

—La próxima vez vendremos con una orden de registro.

El hombre se encogió de hombros. Después cerró la puerta del jardín y escucharon sus pasos alejándose sobre la grava.

—¿Has creído algo de lo que ha dicho? —preguntó Blas.

—Ni una palabra. Pero está claro que tiene sangre fría.

—¿No te has dado cuenta de cómo tensaba los músculos del cuello mientras mentía? —comentó el inspector.

Nazia lo miró sorprendida.

—Nos quedaremos esta noche vigilando. Si el asesino consigue aquí a sus víctimas, no tardará en aparecer.

—Puede que las torture durante meses.

El inspector sonrió.

—No lo creo. El cuerpo estaba tan mutilado que demuestra que ese asesino disfrutaba con lo que hacía. La violencia es como una droga, cada vez necesitas dosis más altas y que sean más intensas.

La inspectora sabía que su compañero podía tener razón, pero no estaba tan convencida de que aquella fuera una buena idea. Permanecer allí sentados, esperando, significaba asumir que otra mujer podía encontrarse en peligro.