21. Familia
La Bestia se cambió y subió a la planta superior para preparar la cena. Su esposa no tardaría en llegar con sus hijos, dos gemelos obsesionados con el fútbol.
El hombre cocinó macarrones para los niños y pescado para los adultos. Su esposa, una despampanante rubia diez años menor que él, le dio un beso en los labios en cuanto entró por la puerta. Los niños se abrazaron a sus piernas.
Cualquiera que hubiera observado al profesor de Filosofía con su familia en aquel momento idílico habría sido incapaz de imaginar cuál era su afición secreta. Pero precisamente esa era su mejor forma de pasar desapercibido: ser un esposo ejemplar y un padre modélico.
Después de que los niños se durmieran, los dos se quedaron viendo una serie en el salón. Su esposa se quedó dormida en su regazo y él, de repente, siento una excitación. Comenzó a tocarle los pechos, la beso y ella se despertó levemente. Ambos se retiraron a su habitación.
La delicadeza con la que trataba a su mujer contrastaba con la brutalidad que era capaz de mostrar en otros ámbitos de su vida, apenas un par de horas antes.
Quizá esa era precisamente su mayor contradicción y fuerza.
Su deseo sexual solo podía ser complacido plenamente, si ejercía total dominio y violencia sobre su pareja, En cambio, con ella se mostraba atento y cuidadoso, como si la situara en una categoría distinta al resto de las mujeres, a las que en el fondo despreciaba profundamente.
La llevó en brazos hasta la cama y la acomodó sobre las sábanas de seda. Después se dirigió a su despacho y abrió un ordenador que nunca conectaba a ninguna red.
Allí guardaba vídeos, anotaciones y planes relacionados con su actividad secreta.
Se detuvo unos segundos ante la imagen de Chioma. Era una de las jóvenes más interesantes que había recibido últimamente. No era mayor ni estaba deteriorada por las drogas, pero había algo en ella que le producía una extraña inquietud.
Su mirada era limpia. Su rostro reflejaba bondad a pesar de todo lo que había vivido. Olía a santidad y a amor, algo que le resultaba profundamente desagradable.
Él no creía en nada. Decía no sentir nada. Sin embargo, era consciente de que en su interior actuaba algo misterioso, ancestral y, por qué no decirlo, diabólico. Una fuerza que lo dominaba y que, al mismo tiempo, él creía controlar.
Apagó el ordenador y se fue a la cama. Al día siguiente tenía clase con sus alumnos de bachillerato. Todos le adoraban y él se mostraba ante ellos como el profesor más encantador del mundo.