20. Miedo
Chioma estaba completamente aterrorizada. No había podido dormir ni comer, aunque era consciente de que, si no lo hacía, no tendría fuerzas para enfrentarse a aquel monstruo.
Por un lado, sabía que era casi imposible vencer a un hombre musculoso de aquella estatura, pero, si Dios la ayudaba, tal vez podría actuar con astucia.
Conocía muchas historias bíblicas en las que Dios había ayudado en el último momento a los más débiles a enfrentarse a gigantes como Goliat.
Lo único que debía hacer era descubrir su punto débil.
Escuchó voces y se puso en guardia. Notó cómo se abría la puerta y apareció una de sus antiguas compañeras, Magdalena, la que llevaba más tiempo en la casa. Nadie entendía cómo había logrado sobrevivir durante tantos años.
—Hola, Chioma. ¿Cómo estás?
La joven no se atrevió a responder.
—Mañana te entregarán a La Bestia. Antes te drogarán para que no te resistas. Pero te he traído algo.
La mujer le entregó una pequeña daga; apenas era un pincho afilado.
—Tu única oportunidad es clavársela en un ojo. Eso no garantiza que muera, pero tal vez puedas escapar.
Chioma tomó el arma improvisada en forma de minúsculo cuchillo.
—Ocúltala bien. Si la descubren tendrás un problema, y yo también.
—Gracias.
—De nada, hermana. Estamos aquí para intentar ayudarnos unas a otras. Yo he tenido más suerte que tú. Me han prometido que dentro de un par de meses podré regresar a Nigeria. Tengo muchas ganas de volver a ver a mi familia, sobre todo a mi hija pequeña.
La mujer comenzó a emocionarse.
—Bueno, te dejo. Espero que Dios te proteja.
En cuanto Chioma volvió a quedarse sola, comenzó a orar. Sabía que estaba a punto de enfrentarse al mismo demonio y que solo podía vencerlo con las armas del Espíritu.