16. Pistas
Nazia llegó al despacho casi al mismo tiempo que Blas. El policía tenía unas profundas ojeras, como si no hubiera pegado ojo en toda la noche.
—Creo que puede que tenga una pista sólida.
La inspectora le miró sorprendida y Marisa también se acercó a la mesa.
El policía les enseñó el nombre y después les comentó que, al menos, poseían diez inmuebles en Barcelona y sus alrededores.
Miraron el mapa para comprobar si alguno estaba próximo al lugar donde habían encontrado el cadáver, pero no encontraron coincidencias.
—La primera es una casa de lujo, siete pisos, una vivienda cerca del mar y una propiedad en la zona de Torre Baró. Este barrio es muy discreto y la policía no suele pasar mucho por allí. Es ideal para montar un prostíbulo y encerrar a chicas inocentes.
Las dos mujeres asintieron.
—Entonces los asesinatos no se produjeron cerca del prostíbulo.
—No, Marisa. El asesino debe elegir allí a sus víctimas, pero las mata en otro lugar.
—Pues habrá que ir a hacer algunas preguntas —comentó Nazia.
Los dos policías se prepararon. No tenían una orden judicial, pero debían tantear el terreno.
—Tened mucho cuidado. Esa gente es muy peligrosa. Si tenéis cualquier duda, pedid refuerzos.
Los dos escucharon la advertencia de Marisa. Blas conocía muy bien a ese tipo de bandas. En el fondo eran unos cobardes; les gustaba atacar en grupo y a personas indefensas.
—Espero que pudieras descansar anoche. Yo llevo mucho tiempo en esto y me costó conciliar el sueño.
A Nazia le sorprendió la sinceridad de su compañero.
—Bueno, me costó un poco, pero tendré que acostumbrarme.
—Nadie se acostumbra a algo así. Ojalá este caso termine pronto y no volvamos a encontrarnos con algo parecido en mucho tiempo.
En el fondo, Nazia deseaba lo mismo. Un asesinato siempre era algo desagradable, pero aquel ensañamiento debía de haber convertido los últimos momentos de la víctima en un auténtico infierno. Nadie merecía acabar de aquel modo.
Mientras se aproximaban a la casa de Adewale, a unos pocos kilómetros de allí, La Bestia preparaba una nueva grabación con la chica que había elegido el día anterior.
Ya la había ablandado, como él decía, pero se reservaba lo esencial para las cámaras. No quería que sus clientes se perdieran nada.
La realidad en estado puro, pensó. Mucho mejor que el telediario de la noche y las interminables guerras que aparecían cada día en pantalla.