15. Secretos
Se quedaron dormidos abrazados en el sillón.
Cuando Jorge estiró el brazo notó que se le había quedado dormido.
Nazia tenía el pelo negro y rizado sobre el rostro y el albornoz entreabierto.
Sus pechos de color canela, grandes e insinuantes hicieron que él se excitara de inmediato.
La abrazó y ella comenzó a ronronear. Poco después hicieron el amor antes de que el día terminara de despertar del todo.
Jorge preparó café y Nazia terminó de arreglarse. Le costaba mucho no verse con el uniforme. En el fondo era un fastidio elegir ropa cada mañana y, sobre todo, una que fuera lo bastante informal para que no la incomodara, pero suficientemente formal para no parecer una desarrapada.
Tomaron el café a toda prisa. En las grandes ciudades no hay mucho tiempo para disfrutar de las cosas verdaderamente importantes. Después cada uno se fue a su trabajo.
Jorge temía que Nazia le preguntara por la cena. Nazia, por su parte, se sentía superada por aquel caso y no confiaba demasiado en Blas; le parecía un cínico algo misógino.
Cuando Jorge llegó a la redacción vio a Helena que se acercaba de inmediato. No la evitó, pero prefirió mantenerse a cierta distancia.
—Siento lo que pasó ayer. Creo que había bebido más de la cuenta.
—Helena, solo quiero que seamos compañeros. Tenemos una investigación muy importante entre manos, pero puede irse todo al traste si continuamos así.
—No va a volver a suceder.
Los dos tomaron el autobús hasta casa de Joan Serra. En apenas veinte minutos estaban tocando el timbre, pero nadie respondió. Estaban a punto de marcharse cuando escucharon un sonido metálico y la puerta se abrió.
El hombre no estaba en el recibidor. Se dirigieron al despacho y lo encontraron enfrascado en la lectura de los informes.
—Estaba tan concentrado que ni siquiera me he dado cuenta del timbre. Apenas he pegado ojo. Hacía años que no me pasaba algo así.
Los dos se sentaron a ambos lados de la mesa.
—Es un tema fascinante. Es increíble que ya casi nadie se acuerde.
Imaginadlo, los rusos utilizaron las redes y las noticias falsas para una campaña de desinformación muy potente.
Al mismo tiempo contactaron con personas reales vinculadas al independentismo, además de facilitar apoyo político y financiero.
—¿Por qué a los rusos les preocupaba Cataluña? —preguntó Helena.
—A ellos Cataluña se la trae floja. Les importa un bledo. Lo que querían era dividir y debilitar Europa.
—Pero contactaron directamente con personas cercanas al president. No estaban tan desinformados.
—Claro que no, Jorge. Pero no lo hacían por apoyar al pueblo catalán. Además, al parecer, el primer paso lo dieron los catalanistas. Uno de los contactos fue Víctor Terradellas.
—¿Terradellas? —preguntó Helena.
—Sí, un empresario que había trabajado para el partido creando una red internacional de apoyos.
—Pero ¿realmente se produjeron esos contactos?
—El Gobierno no quiso que continuaran las pesquisas y así se lo hicieron saber a los fiscales. Después fue a Moscú Josep Lluís Alay, historiador y profesor universitario. Ese hombre se reunió allí con personas relevantes de la política y de la cultura, algunas muy próximas al Kremlin.
—Pero todo esto no son más que especulaciones. No se sabe por qué fueron, con quién se reunieron ni si llegaron a acuerdos.
En ese momento Joan le pasó unas hojas a Helena. Además de una lista de nombres, había transcripciones de conversaciones y mensajes de texto.
La periodista leyó los nombres en voz alta:
—Nikolay Sadovnikov, Alexander Dmitrenko y Artyom Lukoyanov.
—El primero es militar, el segundo un conocido empresario y el tercero un magnate que hace poco tuvo que vender sus compañías.
Los tres creían que, si Cataluña se independizaba, podrían sacar una buena tajada.
Los rusos han estado detrás de muchos movimientos euroescépticos, del Brexit y de partidos populistas de distinto signo.
No les importa nada salvo que Europa esté cada vez más dividida y debilitada.
Continuaron el resto de la mañana investigando las conexiones con Rusia.
Después los tres bajaron a almorzar a la taberna del día anterior. Helena no entendía cómo un hombre de su edad podía mantener una dieta con tanta grasa, aunque parecía gozar de buena salud.
Regresaban al edificio cuando una moto eléctrica pasó a toda velocidad y arrolló a Joan, que salió despedido varios metros antes de aterrizar sobre el pavimento. El motorista se dio a la fuga.
No hacía falta ser médico para darse cuenta de que el hombre pasaría una larga temporada en el hospital.
Llamaron a una ambulancia. Mientras los camilleros lo subían al vehículo medicalizado, Jorge aprovechó para quitarle las llaves. No podían paralizar la investigación justo en aquel momento.
Mientras la ambulancia se alejaba con la sirena a toda potencia, Jorge se volvió hacia Helena y le enseñó las llaves.
—¿Estás loco? Entrar en un domicilio particular es un delito.
—Habrá que arriesgarse.
Entraron en el edificio. Estaban dispuestos a descubrir todos los secretos, pero en la otra punta de la ciudad otra muerte accidental estaba a punto de producirse.