La ciudad del mar (Crímenes de Barcelona 3) 13. Angustia
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13. Angustia

Chioma corrió con todas sus fuerzas y estuvo a punto de llegar a la comisaría, pero Osaze logró atraparla y meterla en el coche.

La joven no se atrevió a moverse mientras Adewale la observaba.

—Veo que no temes a nuestros dioses ancestrales. Tampoco crees que podamos hacerle algo a tu familia en Nigeria, porque estás sola. Esa es tu fuerza, pero también tu debilidad.

Ella no reaccionó. Estaba temblando y las lágrimas le corrían por la cara, sucia de sudor.

—Eres cristiana, una buena cristiana. Piensas que tu fe te va a salvar, pero estás muy equivocada. Lo que te espera te quitará las ganas de jugar conmigo.

—Yo no quería...

El hombre le dio un puñetazo y la joven comenzó a sangrar por la comisura de los labios.

—Mañana mismo te entregaré a La Bestia y estoy seguro de que ya no tendrás que seguir sufriendo.

Cuando llegaron a la casa y entraron en el jardín, Osaze se llevó a la joven al sótano y la encerró. En cuanto Chioma escuchó el cerrojo de la puerta, se puso de rodillas y comenzó a orar:

—¡Dios mío! ¡Por favor, líbrame de mis enemigos!

La prostituta no podía dejar de llorar. No se sentía digna después de todo lo que había tenido que hacer, aunque sabía que Jesucristo había acogido a María Magdalena con varios demonios dentro y que la misericordia de Dios era más grande que cualquier desgracia.

La joven terminó quedándose dormida de rodillas. No había descansado en toda la noche.

Lo único que podía salvarla de un final trágico era un milagro. Ella creía que eran posibles, pero también estaba tan cansada que, en el fondo, lo único que deseaba era morir y reunirse de una vez con sus padres para descansar para siempre.