La ciudad del mar (Crímenes de Barcelona 3) 12. Beso
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12. Beso

La cara de Jorge reflejó sorpresa al principio, pero enseguida apartó a Helena de su lado.

—¿Te has vuelto loca?

—Ya sabías que me gustabas.

—Pero tengo novia. Sabes que acabamos de irnos a vivir juntos.

—Eso no me importa. Creo que no tienes nada que hacer con esa musulmana. Sois muy distintos.

Jorge pidió la cuenta y el camarero no tardó en traerla. Después se levantó y ya estaba saliendo por la puerta cuando su compañera le alcanzó.

—Lo siento. No quiero que esto enturbie nuestra relación profesional. Creo que hacemos un buen equipo. Yo te he descubierto a Joan Serra y tú has conseguido que hablara.

Jorge la miró con indiferencia y se marchó calle abajo con paso acelerado.

Tomó un taxi y media hora más tarde se encontraba frente al portal de su casa. Se olió un momento y, para su horror, se dio cuenta de que el perfume de Helena se le había impregnado por todo el cuerpo.

Tenía que dirigirse directamente al baño, quitarse toda la ropa, ducharse y después echarla a lavar. Si Nazia descubría algo sería muy difícil explicarle que todo había sido un error.

Los planes nunca salen como uno los traza. Llegó al apartamento y casi corrió hacia el baño, pero estaba ocupado por su novia.

Se dirigió al aseo, se lavó la cara y el cuello y rezó para que ella no se diera cuenta de nada.

Cuando se cruzaron en el pasillo, para su sorpresa, Nazia no le preguntó nada. Se abrazó a él con el albornoz medio empapado y comenzó a llorar. Jorge se limitó a acariciarle el cabello mojado.

—Ha sido horrible. Tengo un caso de asesinato. Nunca había visto nada igual.

Se sentaron en el sillón y Nazia le contó todo lo sucedido.

—¡Nunca pensé...!

La joven se echó a llorar de nuevo.

—No había escuchado nada parecido desde el Mataiaies.

—La víctima es una prostituta nigeriana, esa es nuestra única pista real.

Jorge había investigado a las mafias nigerianas unos años antes.

—No creo que sea un ritual. Es verdad que los nigerianos practican el juju. A las prostitutas que traen las obligan a pronunciar un juramento delante de un sacerdote tradicional. Si no cumplen su palabra, las amenazan con desgracias para ellas o sus familias.

—Pero ¿ha habido antes casos así?

Jorge negó con la cabeza.

—¿Crees que volverá a matar?

—Si te digo la verdad, creo que sí. Da la sensación, por el ensañamiento, de que es más un cliente que un proxeneta.

—¿Por qué iba a hacerle algo así?

—Hay ciertos mafiosos que consideran a algunas chicas simples desechos, mujeres a las que ya no podrán explotar mucho más, ya sea por su actitud o porque los clientes han dejado de quererlas. Entonces se las entregan a puteros sanguinarios y sádicos.

—Pero esto va más allá.

Nazia se acurrucó entre los brazos de su novio y terminó quedándose dormida.

Jorge respiró aliviado. No quería verla así, pero al menos no le había preguntado con quién había cenado.