11. Viejos métodos
Sabía que Joan Serra era un periodista de la vieja escuela. Un zorro viejo, pero lo que no imaginaba era su obsesión por el orden.
Se había imaginado aquella vieja mansión llena de polvo y trastos viejos. Sin embargo, todo estaba limpio, cuidado hasta la obsesión y perfectamente ordenado.
Pasaron junto a la escalinata, pero no la subieron. Se dirigieron a un pasillo y después entraron en un gran despacho lleno de estanterías repletas de cartapacios con fechas y nombres que solo Joan entendía.
—Esto es toda mi vida como periodista.
Los dos observaron aquello con asombro. Ahora todo se almacenaba en carpetas de la nube o en ordenadores.
—Antes había que buscar las cosas a mano. Era más lento, pero también más seguro. A estos archivos no puede acceder nadie, por eso sigo vivo.
Ninguno de los dos entendió aquella afirmación.
—Si se supiera la mitad de lo que hay aquí, ahora mismo estaría junto a Pasqual. Aunque la verdad es que no me importaría demasiado. Dormir con oxígeno, que te duela hasta el último hueso, y no tener ganas ni de comer no es vida.
Jorge pensó que, al menos, comer seguía haciéndolo de forma compulsiva. Él no habría sido capaz de devorar toda aquella fabada.
El hombre se acercó a unos archivadores, tomó varias carpetas de una estantería con cierta dificultad y comenzó a abrirlas sobre la mesa.
—Aquí está todo. Nombres, fechas, hasta conversaciones transcritas. Me las pasó un agente del CNI, cabreado porque no se iba a hacer nada contra ellos. El pobre murió el año pasado sin ver que se hiciera justicia.
Jorge comenzó a mirar por encima de su hombro.
—No se lo pueden llevar, pero se está haciendo tarde. Vengan mañana temprano y podrán investigar todo lo que quieran.
—Pero... —se quejó Jorge.
—Tiene razón, es demasiado tarde.
Helena puso la mano sobre el hombro de su compañero y le dijo en voz baja:
—Además, me debes una cena.
Jorge casi había olvidado su promesa. No sabía qué excusa le iba a poner a Nazia. Lo único que esperaba era que ella llegara más tarde y no le hiciera demasiadas preguntas.
Justo en ese momento recibió un mensaje, pero no lo abrió.
Salieron de la casa y Helena le llevó a un restaurante italiano muy famoso de la zona. Aquello no era una cita, pero lo parecía. La periodista no dejó de coquetear con él durante toda la cena.
Los mensajes de Nazia seguían acumulándose. Tenía que irse, pero su compañera no paraba de hablar y la comida tardaba una eternidad en llegar a la mesa.
Se temía una buena discusión cuando regresara a casa.
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Chioma aprovechó la oscuridad. Sabía que abajo había cámaras, perros y que no podía escapar de la casa sin que la vieran, pero a aquella hora los clientes estaban dentro y los animales, normalmente muy agresivos, permanecían atados.
Estaba en el salón y a su espalda tenía la puerta que daba a la parte trasera.
Debía salir sin ser vista, llegar hasta el muro de ladrillo coronado con cristales incrustados en cemento, colocar el abrigo encima para no cortarse y saltar.
Después tendría que correr sin detenerse hasta encontrar una comisaría.
Chioma aprovechó un descuido y salió a la parte de atrás, pero vio a uno de los perros sujeto con una correa. El animal comenzó a gruñirle.
La joven corrió hacia la valla y el perro salió tras ella ladrando con furia. Justo cuando estaba a punto de alcanzarla de una dentellada, la correa lo frenó en seco.
La mujer dio un salto casi olímpico y se agarró a la parte superior del muro. Comenzó a sangrar, pero no se soltó. Lanzó el abrigo sobre los cristales y logró encaramarse. Notó los pinchazos en el vientre, pero la adrenalina la mantenía decidida a escapar.
Al caer al otro lado se hizo daño en una pierna, pero aun así comenzó a correr cuesta abajo, entre las casas y los árboles.
No había mucha luz, pero veía bien en la oscuridad. Se había criado en una zona rural de Nigeria.
Llegó a la parte baja de la ladera. Allí las calles eran anchas y estaban muy iluminadas. Comenzó a correr sin rumbo hasta que escuchó un coche a su espalda. Miró por encima del hombro y vio a Osaze al volante.
Se metió en una calle lateral y después en otra, intentando despistar al mafioso. Las calles estaban desiertas, como si nadie quisiera ver lo que estaba ocurriendo.
Logró avanzar cinco calles más e intentó recuperar el aliento. El corazón le latía a mil. En el colegio había sido muy buena en las carreras de fondo, pero llevaba al menos dos años sin salir de aquella casa.
Cuando llegó a la siguiente calle vio a lo lejos una comisaría y recuperó las fuerzas. Estaba muy cerca cuando el coche de los mafiosos se cruzó en su camino y le cortó el paso.
Adewale salió del vehículo y le dijo:
—No hagas ninguna tontería. Estás a punto de pagar tu deuda; pronto serás libre. Esa gente te deportará a Nigeria y allí mandaré que te maten.
La joven dudó. Estaba paralizada por el miedo, pero al final intentó correr y salvarse.
Prefería morir en el intento antes que seguir viviendo en el mismo infierno.