10. Blas
Blas era un hombre gris. Al menos ese era su color preferido: el de la ropa que vestía normalmente, el de su pelo y el de sus ojos.
Llevaba toda la vida solo; decía que lo prefería, aunque nunca es fácil reconocer la propia soledad.
Tenía tantas corazas encima que apenas recordaba quién era.
Lo único que le hacía vibrar era su trabajo y, cuando conoció a Nazia, pensó enseguida que la habían ascendido por ser mujer y pakistaní.
Lo que a él le había costado cinco años, ella lo había conseguido en la mitad de tiempo.
Intentó ponerla a prueba, llevarla al límite y demostrarse a sí mismo que tenía razón.
Pero la había visto demasiado entera en la escena del crimen, la peor que había contemplado en toda su carrera.
Cuando regresó a casa y se duchó, seguía empapado en sudor a pesar de la época del año. Mientras el agua corría por su cuerpo, volvió a pensar en ella. Le parecía muy atractiva, pero no por su físico, sino por su fuerza interior.
Después se puso ropa cómoda. Vivía en el barrio Gótico. Su piso no era muy grande, pero tenía una amplia terraza que aprovechaba siempre que el tiempo acompañaba.
Encendió el ordenador e intentó buscar casos parecidos en la base de datos de la policía, pero no encontró nada similar. Después trató de identificar el tatuaje, por si alguna de las bandas lo utilizaba de forma habitual.
Lo único que le quedaba era comprobar qué organizaciones seguían operativas en Barcelona.
Los datos tardaron en aparecer. En España había seis, pero en Cataluña solo cuatro: Black Axe, Eiye, Vikings y Maphite.
Operaban principalmente en El Raval, El Besòs i el Maresme, L'Hospitalet, Santa Coloma y Badalona.
Eran demasiadas bandas, demasiados barrios y demasiadas zonas.
Era casi imposible llegar a una conclusión.
Tampoco iba a ser sencillo identificar a la víctima.
Seguramente le habían quemado las huellas dactilares y las autoridades nigerianas no solían colaborar demasiado en las investigaciones.
Pero lo peor de todo era que a nadie parecía importarle una mierda la muerte de una prostituta inmigrante, negra y sin familia.
Terminó la cerveza y salió a la terraza. Por fin comenzaba a refrescar. Pensó en otra época, cuando tenía una familia, era feliz y deseaba llegar a casa al final del día. Pero aquella vida ya no existía y, en ocasiones, se preguntaba si había existido alguna vez.