9. La casa de los espíritus
Decidieron ir en Uber hasta la casa, aunque unas manzanas antes se bajaron y continuaron a pie. La mayor parte de las calles que rodeaban la Catedral del Mar eran peatonales.
Helena conocía muy bien el viejo barrio de su familia. Su padre había comprado una casa medieval y la había reformado por completo hasta convertirla en una mansión.
—Ese es el edificio en el que vive Joan Serra —dijo la periodista, señalando la destartalada fachada de una finca que parecía del siglo xix .
—Los Serra vivieron mucho tiempo del comercio pesquero, por eso tenían la casa aquí. Pero hace años que dejaron los negocios para dedicarse a la abogacía mercantil. Joan, sin embargo, prefirió el periodismo.
Jorge había oído muchas historias sobre Joan Serra, pero nunca había leído nada suyo. De alguna manera lo habían marginado durante años, sobre todo por investigar casos relacionados con los partidos independentistas y algunas familias poderosas.
Llamaron a la puerta, pero nadie contestó.
En ese momento pasó por allí un barrendero y negó con la cabeza.
—A estas horas el señor Serra está en el mesón de El Gato Negro.
Después, apoyando el cepillo junto al carro, señaló una callejuela cercana.
—Debe de estar almorzando. No se levanta muy pronto y come muy tarde; casi es más bien una merienda.
—Muchas gracias —respondió Jorge.
Entraron en el callejón, que apestaba a orines viejos, cloacas y cartón húmedo.
El mesón tenía la fachada de piedra y un ridículo zócalo que imitaba el de un local asturiano.
Entraron y vieron a dos ancianos tomando sidra en la barra y a un hombre de gafas redondas, barba larga y pelo cano sentado a una mesa mientras comía unas fabes.
Helena lo señaló con la barbilla.
Se acercaron y el hombre no levantó la vista, como si estuviera demasiado concentrado en el plato para perder un solo bocado.
—¿Joan Serra?
Al final se limpió los bigotes con la servilleta y los observó con sus diminutos ojos azules.
—Yo pago mis impuestos y no me meto con nadie —dijo, como si fueran dos inspectores de Hacienda.
—Soy Helena Compans. Mi padre...
—Sé quién es tu padre, el rey del jersey.
—Mi amigo Jorge Vila...
Justo al escuchar aquel nombre, el viejo periodista pareció recuperar el interés.
—¿El señor Vila? ¡Qué cojones le echó en sus últimos artículos! Me recordó a mí cuando era joven. Pero, si me acepta un consejo, no se meta con las altas esferas. Ya sabe que el precio es muy alto.
—Demasiado tarde —contestó Jorge, entrando en su juego.
—Bueno, imagino que es del tipo de persona que se enfrenta a los dragones. Lo digo por el nombre.
—¿Nos podemos sentar? —preguntó Helena.
—Entiendo por qué puede estar buscándome Vila, pero la hija de Compans, el magnate textil, la verdad es que no.
—Somos compañeros en el periódico.
—Pues sí que ha cambiado el cuento. Una Compans periodista.
Helena frunció el ceño, pero no dijo nada.
—¿Sabe lo que le ha pasado a Pasqual Mira?
—Sigo leyendo los periódicos, jovencito —respondió el hombre mientras mojaba un poco de pan en la salsa.
Se acercó un camarero casi tan viejo como el periodista y les preguntó si querían tomar algo. Después los dejó a solas de nuevo.
—¿Cree que no ha sido un accidente? ¿Me equivoco?
El periodista negó con la cabeza.
—Ese viejo zorro estaba intentando resucitar lo de los rusos y el referéndum —dijo Joan antes de llevarse un trozo de morcilla a la boca.
—Eso es lo que creo. Debe de haber algo muy gordo para que lo hayan acallado de esa forma.
Joan tomó un sorbo de vino.
—Aún me acuerdo de los caldos que había en casa de mi padre. Bueno, la casa sigue en pie, pero ya no tiene ese brillo, ni los criados, ni las cuberterías de plata. Ni aquellas fiestas de los años treinta y cuarenta.
Helena dio un sorbo a su refresco antes de intervenir.
—«La casa de los espíritus».
Por primera vez, el viejo periodista se incorporó y la miró fijamente.
—¿Cómo lo sabe?
—Soy del barrio, ya se lo he dicho. Mi padre...
—Pero ese nombre no lo conocía todo el mundo.
Jorge no sabía de qué estaban hablando.
—La casa de los espíritus... Hacía mucho que no escuchaba ese nombre.
Ahora hay más que nunca. Además de mi tía Herminia, están todos los demás.
¿Sabe, Jorge? Cuando la gente muere no se va del todo.
Su mundo desaparece, pero no deja de existir; simplemente se mueve a otra dimensión.
Hay muchas Barcelonas a la vez. Desde que la fundó Hércules, la Barca Nona.
—Pues serán multitudes —comentó Helena.
El hombre se giró hacia ella.
—Ya sabe la fama que tienen las rubias. ¿Puede callarse un momento, señorita?
Helena frunció los labios, pero no respondió.
—Sabe que investigué el caso hace seis o siete años, justo antes de la pandemia. Maldito virus, casi me mata.
En ese momento sacó algo de debajo de la mesa. Era una mascarilla de oxígeno. Se la colocó sobre la boca y respiró hondo.
—Cuando me dio esta mierda, todo cambió. A algunos les vino muy bien; muchas cosas se taparon a tiempo.
—¿Tiene pruebas? ¿Por qué no las presentó?
El hombre miró a Jorge.
—Estuve unos años entre la vida y la muerte.
Después, encamado en mi casa con asistencia de una enfermera.
Me jubilaron y perdí el contacto con la prensa.
Me dediqué a cuidar la casa y a velar por el espíritu de mis antepasados.
A veces los muertos son más agradecidos que los vivos.
Al menos ellos no se quejan ni son peligrosos.
El hombre peló una naranja y se la comió mientras los dos periodistas lo observaban.
—El periodismo de investigación, eso ya lo sabrá, es como esta naranja. Aunque en realidad se parece más a una cebolla. Nunca llegas al corazón porque no lo tiene.
—¿Qué sabía Pasqual?
—Que había habido una alta traición al Estado.
Pero al Gobierno actual no le interesa remover ese asunto.
En la actualidad lo sostienen los nacionalistas.
Los tienen cogidos por los huevos, aunque en realidad es algo mutuo.
Los catalanes saben que, si saliera a la luz todo lo que tiene el CNI, terminarían todos en la cárcel.