La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 34. Tamsyn
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34. Tamsyn

Tamsyn

N inguno de los supervivientes se acordaba de nada.

Ante la ausencia de recuerdos, aceptaron de buen grado la historia que nos inventamos, según la cual unos saqueadores nos habían atacado y habían matado a Stig.

Varios de ellos incluso aseguraban recordar el ataque y la lucha por su vida del valeroso Stig, lo que demostraba lo sugestionable que podía llegar a ser una mente fracturada.

Dejamos allí la jaula de huesos de dragón y utilizamos el carromato para llevar a los heridos. Enviaríamos una comitiva a recoger a los muertos.

Ya montada en un caballo, miré atrás para contemplar la jaula solitaria, con unos huesos casi tan blancos como la nieve que nos rodeaba.

Esa jaula que me tanto me había debilitado yacía en mitad de la sangre, la muerte y las tripas.

Esperaba no volver a verla nunca. Esperaba no tener que volver a transformarme y matar jamás.

Mi mirada se detuvo sobre los ojos sin vida de Stig, que me miraban desde la nieve.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentía lo bastante libre para tener esperanza… y era maravilloso.

Pero no había olvidado que el mundo era un lugar injusto y peligroso, más peligroso de lo que podía llegar a imaginar, incluso para alguien que había sido obligada a sufrir los castigos de otros.

A veces, la única forma de sobrevivir era enseñar los dientes.

Mientras la nieve arreciaba, nos arrebujamos bajo nuestras capas y nuestras pieles y seguimos adelante. Estábamos decididos a llegar al Borg cuanto antes, aunque eso implicara seguir viajando durante la noche.

—¿Estás bien? —me preguntó Fell, que montaba a mi lado.

Sonreí y asentí. Luego eché un vistazo a su hombro.

Habíamos quitado todos los restos de sangre púrpura, pero tendría que aprender a controlar su sangre cuanto antes.

Sería una de las primeras lecciones que le enseñara, junto a todas las demás que había aprendido durante el tiempo que había vivido con la manada.

—¿Y tú?

—Ah, ¿lo dices por esto? —Miró su hombro con aire despreocupado—. No es nada.

Puse los ojos en blanco y arreé a mi caballo.

Seguimos montando en plena noche hasta que subimos la última montaña y, al bajar la vista, por fin vimos el Borg.

Cientos de luces salpicaban la oscuridad, iluminando la caótica red de cabañas y edificios que se acurrucaban en las colinas y los valles que marcaban el final —o el principio— de los Riscos.

Comprobé que no había niebla. No había ningún manto de protección. Se había desvanecido con la marcha de Fell hacía meses. Lo miré de reojo. Él traería la niebla de vuelta…, junto con otras cosas. Prosperidad. El futuro que se había esforzado en construir para su pueblo.

Allí, sobre nuestros caballos, el uno al lado del otro, contemplamos el lugar en el que construiríamos nuestro hogar, donde tallaríamos un lugar para todas las cosas, mágicas o no.

Nos quedamos allí un buen rato, mientras los demás seguían descendiendo, a paso más rápido ahora que ya estaban tan cerca de su destino.

Yo alargué una mano hacia él y Fell me la cogió, rodeándomela con su enorme manaza. A pesar de los guantes, las palmas de nuestras manos reaccionaron como siempre, saltando a través de la tela para unirse.

—¿Estás preparada? —La escarcha invernal de su mirada me llenaba de calidez—. No se me ha olvidado que te he prometido una cama… —Su voz grave me asaltó de pronto, envuelta en una nube rizada de niebla fresca. Sonreí.

El mundo era un lugar inmenso y lleno de peligros, algunos humanos y otros mágicos.

Allí sería donde echásemos raíces… Nuestras vidas se extendían, alargadas y serpenteantes, ante nosotros, un hilo que podía cortarse demasiado pronto en cualquier momento, en esa vida que siempre era capaz de enseñarnos de repente sus garras y sus colmillos.

Pero, de momento, allí estábamos… Juntos. Formando nuestra propia manada.

Arreé a mi caballo.

—A ver quién llega antes.