33. Fell #2
Habíamos terminado. No acabaríamos con las vidas de los que habían sobrevivido.
No eran una amenaza inmediata, aunque, por supuesto, sí lo fueran a largo plazo.
Intercambiamos una mirada cómplice y muda.
No teníamos ni la voluntad ni el deseo de matar a nadie más…
, aunque eso fuese lo que debíamos hacer si queríamos mantener nuestro secreto, el secreto de todos los dragones, a salvo.
No éramos asesinos. No matábamos porque sí.
No éramos los monstruos de las leyendas.
—Ah. Mierda.
Ambos levantamos la vista al oír la exclamación. Junto a la carnicería había varios recién llegados.
Vetr y otros miembros de la manada contemplaban la masacre con desdén.
Eran humanos a simple vista, pero yo detecté lo salvaje en los agujeros dilatados de la nariz de mi hermano, los ojos de dragón que se aguzaban, las pupilas verticales que temblaban con violencia al mirarme.
Me costó horrores no abalanzarme contra él, pero el guerrero que había en mí me pedía contención. No tenía las de ganar.
Chasqueó la lengua y, mientras contemplaba nuestra obra, negó con la cabeza en un gesto de censura, como si estuviese mirando un lío armado por unos críos.
—¿Sabes lo que es la discreción? —preguntó en tono de burla.
Uno de los soldados heridos se dirigió a él con un grito de súplica:
—¡Ayuda! ¡Ayúdanos!
Era evidente que no se había percatado de que no eran aliados a los que rogarles. Vetr me miró con una ceja oscura enarcada. Todavía me resultaba extraño ver mi propio rostro ante mí.
—¿Qué me dices, hermano? ¿Los ayudo? ¿O hago lo que hay que hacer y termino con lo que has empezado?
Tamsyn soltó una exclamación de angustia, se elevó en el aire, voló hacia Vetr y aterrizó frente a él con un gruñido, como si ella misma se dispusiese a proteger a los supervivientes. Un extraño giro de los acontecimientos, teniendo en cuenta la cantidad de sangre que le cubría las garras.
Vetr la miró largamente. No parecía muy impresionado… ni tampoco intimidado.
—Parece que ya has elegido, Llamita —le dijo.
Se produjo un estallido de luz tras el que apareció la Tamsyn humana, desnuda en toda su gloria. No se encogió ni pareció cohibirse lo más mínimo, a pesar de la vulnerabilidad que le confería su desnudez.
Alzó una mano y le dio a mi hermano una bofetada en la cara.
—Mi nombre es Tamsyn —gruñó—. Úsalo.
Salté a su lado y rugí, enseñando los colmillos, dispuesto a protegerla si él se atrevía a contraatacar.
Sin embargo, Vetr no parecía inclinado a reaccionar. Se limitó a tocarse la mejilla y dijo:
—Qué dramática eres. —Me miró—. Supongo que es lo que pasa cuando te crías entre humanos. En fin…, hacéis buena pareja.
Lo fulminé con la mirada, preguntándome si esa sería su forma de renunciar a las intenciones que pudiera tener con Tamsyn.
Mi hermano miró a uno de los miembros de su manada y le hizo un gesto para que se acercase. Se desvistió rápidamente y le dio su ropa.
—En fin, es hora de arreglar este desaguisado. Mira y aprende, hermano.
Sin dar más explicaciones, se transformó, convirtiéndose en un dragón plateado como yo.
Los soldados tirados en el suelo empezaron a chillar y a gritar.
Me planté delante de él, impidiéndole llegar a ninguno de los humanos que seguían vivos tras nosotros. No toleraría más muertes.
Él ladeó su enorme cabeza llena de pinchos y me sostuvo la mirada varios instantes. En silencio, y a la vez no, porque intercambiamos palabras mudas.
«Mira y aprende, hermano».
Y entonces lo comprendí.
Me hice a un lado y le permití avanzar, observándolo con atención. Tamsyn hizo ademán de detenerlo, pero yo alargué un ala para impedírselo y negué con la cabeza, transmitiéndole que todo iría bien. No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía.
Vetr agachó su enorme cabeza hasta casi rozar el suelo con el morro.
Cerró los ojos y exhaló una enorme bocanada de aire.
Una niebla densa, del blanco más puro que había visto nunca, casi brillante e iridiscente, brotó de su boca y de sus orificios nasales.
Se propagó en oleadas por encima de todo lo que había ante él, cubriendo a todos en un grueso manto.
Poco después se hizo un silencio. Dejaron de oírse los gritos y las súplicas. No se oía ni el más leve gemido.
La niebla era tan densa que era imposible ver a través de ella, pero di un paso al frente para acercarme, y vi que los soldados se habían quedado dormidos.
En un estallido de luz, Vetr recuperó su forma humana. Volvió a vestirse con movimientos bruscos y eficientes.
—Cuando se despierten, no se acordarán de nada. —Se echó la capa sobre los hombros y me miró—. Te sugiero que te transformes y te pongas algo de ropa antes de que lo hagan. Seguro que se te ocurre una historia plausible. En esta zona abundan los bandidos, según me dicen. —Esbozó una media sonrisa.
Exhalé y me transformé.
Y desnudo, ante él, nos miramos a los ojos. Habíamos llegado al mundo juntos, y me había llevado a los Riscos, pero nuestra historia no pasaría de allí.
—Debería matarte —gruñí, pensando en el tiempo que había perdido, enterrado por su culpa. Pensé en la desolación, en aquella soledad tan profunda e intensa que había estado a punto de romperme hasta un punto de no retorno. Esa desolación por culpa de la que había estado a punto de matar a Tamsyn.
—Adelante. Inténtalo.
Y aquello fue la gota que colmó el vaso.
Me abalancé contra él, dispuesto a despedazarlo, y él se movió para enfrentarse a mí, pero, de repente, Tamsyn se interpuso entre los dos, poniéndonos a ambos una mano en el pecho para detenernos.
—¡Basta! ¡Parad! Hoy ya se ha derramado bastante sangre, idiotas.
¡Se acabó! —Se le rompió la voz, y supe que lo decía en serio.
Ya no lo soportaba más—. Puede que os odiéis, pero sois hermanos, ¡dragones!
Deberíamos ser aliados y no seguir tratando de arrancarnos la yugular.
No permitiré que os matéis. —Los ojos de fuego dorado resplandecían con autoridad.
Dio un pisotón en el suelo, harta—. No lo voy a permitir. ¿Entendido?
Al cabo de unos segundos, di un paso atrás. Tenía razón.
No confiaba en Vetr, pero eso no significaba que debiera matarlo. Eso no significaba que debiera arrebatárselo a los demás dragones de la manada, que lo necesitaban para que los guiase hacia el futuro.
Vetr hizo lo propio. Dio un paso atrás y dejó de sostenerme la mirada para mirarla a ella. Fue una mirada larga, lenta, que no me gustó ni un pelo.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Llam…? —Se interrumpió al ver que ella lo fulminaba con la mirada y se corrigió—. Tamsyn.
Se refería a mí.
Le estaba preguntando si estaba segura de que me quería a mí. Otro rugido empezó a vibrar en lo más profundo de mi garganta.
Pero Tamsyn acudió a mi lado y me puso una mano en el brazo para tranquilizarme.
—No lo he dudado nunca. Siempre he querido a Fell.
—Pues claro que lo eliges él —replicó con desdén—. Te crees que él puede…
—No —replicó con brusquedad, interrumpiéndolo—.
Me elijo a mí. —Se dio una palmada en el pecho—.
¡A mí! Y eso significa que, por primera vez en mi vida…
—hizo una pausa, casi como si le faltara el aire—, puedo elegir e ir donde me plazca, y estar con quien a mí me dé la gana.
Por fin soy libre. ¿No es eso por lo que luchamos todos?
Me quedé sin aliento, mirándola, cautivado por su belleza, por sus palabras, por el honor de ser elegido por ella. Por ser su elección.
Vetr asintió con brusquedad.
—¿Y qué hay de ti, hermano? —Esos ojos tan parecidos a los míos se detuvieron sobre mí, profundos, desafiantes—. ¿Piensas vivir en el mundo humano siendo lo que eres? ¿Creéis que podéis hacer eso? ¿Ser libres y felices y comer perdices… con ellos? —Señaló al Borg con una mueca de disgusto.
Cogí la mano de Tamsyn y entrelacé nuestros dedos, sin molestarme en recordarle que él nunca me había dado esa posibilidad, que nunca me había dado la opción de pertenecer a la manada. Me había condenado a un agujero.
—Mientras estemos los dos juntos, sí.
Vetr esbozó una ancha sonrisa.
—Qué románticos. Espero que tengáis razón y que no seáis el par de insensatos que creo que sois.
—Somos iguales —le contestó Tamsyn—. Y queremos las mismas cosas. Pero eso no significa que rechacemos a nuestros dragones.
Esbozó otra sonrisilla, y volví a preguntarme si ese era el aspecto que yo tenía cuando ponía esa cara. Si era así, alguien tenía que darme un puñetazo cuanto antes.
—Ah, os pensáis que podéis tener las dos cosas…, ¿ser las dos cosas?
—Ya somos las dos cosas —repliqué.
Soltó un gruñido que expresaba su desaprobación. Sin embargo, en lugar de discutir, cogió aire y dijo:
—Pues muy bien. Buena suerte. —Y, con un azote de su capa, se marchó.
Se marcharon todos. Se volvieron y desaparecieron entre los árboles, envueltos en una nube de niebla.
Miré a Tamsyn y le acaricié las mejillas.
—Juntos —dije.
—Juntos —repitió ella.